June 27, 2008

Los rostros del carbón: testimonio constante de una tragedia

Por María Dolores Bolívar
y Manuel Rodríguez Muro

Las modas informativas a menudo impiden dar seguimiento a los hechos crudos. Para los medios masivos los acontecimientos no tienen rostro; solo lo tienen para quienes experimentan las geografías paso a paso, pozo a pozo, cuerpo a cuerpo. Esta narrativa y la exposición que la inspira tienen que ver con la región minera de Santa Rosita, en el estado de Coahuila. Pero la vida de los mineros no inicia ni termina en la explosión que dio muerte a 65 mineros el 11 de febrero de 2006. El olvido, la negligencia o el dolor amordazado por la indiferencia del resto del país y del mundo no se esfuman cuando se cambia de canal o se da vuelta a la perilla de la sintonía, en la radio. A veces, la historia asume ciclos que nos hacen ver al tiempo como una espiral donde los desastres y las crisis se repiten.


El minero se cuida solo: Antes de bajar, cualquier persona que ingrese al pozo debe llevar puestas unas botas de hule, un casco y la lámpara. Fotografía: Manuel Rodríguez Muro


Un siglo atrás, un 1º de junio de 1906 fueron huelguistas del Mineral de Cananea, Sonora, quienes portando el estandarte simbólico de cinco pesos -salario al que aspiraban- se convirtieron en emblema de la revolución. Su protesta trascendió como la clave que dio pie a la insurrección de 1910. El 7 de enero de 1907 las demandas de los mineros quedaban reiteradas en las protestas de los obreros del ramo textil en Río Blanco, Veracruz. El país se incendiaba en la lucha. Un denominador común aquejaba a los trabajadores en ambos casos: el abuso de los patrones, manifestado en la tienda de raya y la casa de empeño.

En 2006 el Grupo México, propietario de la mina Pasta de Conchos, al enterarse de que los mineros habían quedado atrapados, ordenó la suspensión de las labores de rescate argumentando que las condiciones de los túneles y los pozos no ofrecían seguridad para los rescatistas. La ausencia de cuerpos dejaba cómodamente pendiente la investigación de las condiciones reales en las que perecieron estos 65 mineros; exhibía, también, la relación, o contubernio, entre el gobierno y las clases privilegiadas. Es obvio que las leyes son laxas y miopes para con los empresarios. Hacen de cuenta que abogan por todos, cuando sólo sirven para soliviantar el orden existente y funcional de unos cuantos.

Los bajos salarios operan contra el minero de muchos modos

Es evidente que hoy como en 1906 los trabajadores de las minas dependen del crédito o de los préstamos sobre sus ingresos futuros –el flotante o el bono semestral de cien pesos que suplementa su bajísimo salario. Cuando ese sistema de vida a raya se derrumba, la represión o la indiferencia del gobierno parecen ser el método para apaciguar los ánimos. Punteros en la escala salarial de las mayorías, los mineros se sostienen a duras penas, con salarios que, literalmente, no alcanzan. El faltante se cubre con la dádiva en forma de préstamos –impagables- y en el trabajo suplementario de turnos que se convierten, a la larga, en un depresor de salarios. Por hora los salarios sonarían irrisorios, por eso se dicen por semana.

Dicen que comparar no es de sabios pero en este caso resulta un abreojos. Un trabajador de cualquier ramo en California, pese a las condiciones precarias que buscan criminalizar su labor, obtiene en una hora lo que un minero amasa en largas y riesgosas jornadas laborales de toda una semana. ¿Cómo no dejar aquello? ¡Cómo no dejar aquello!

Contra la infame situación de los trabajadores de las minas, las ganancias reportadas por la empresa distan mucho de mostrar un negocio en quiebra con dificultades para cubrir la nómina. La brecha no resulta menos indignante cuando se calculan los salarios de los empleados gubernamentales. Mientras, la masa de trabajadores sobrevive a sueldos por debajo de los cuatro dígitos, en pesos, elites y autoridades obtienen los suyos en cifras de cinco, pero en dólares.

Descender a un pozo como sistema de vida es la imagen más cruda de la explotación. Ya en los años setenta la boliviana Domitila Chungara, autora del libro Si me permiten hablar, consignó esa vida oprobiosa y sin salidas de los mineros del estaño. En Bolivia a las minas se las llama «entrañas del diablo». El promedio de vida de un minero es la mitad que el de cualquier persona en los países llamados desarrollados. A los países industrializados, cuyo consumo de estaño, carbón o plata los hace dependientes de la extracción llevada a cabo en las minas, poco les importa las condiciones en que se extraigan los productos del subsuelo.

Los Rostros del Carbón. Exposición de fotografía conjuntada en un montaje móvil que ya ha recorrido Durango, Coahuila, la ciudad de México. Las fotos, elocuentes aunque sencillas son fieles y constantes aliadas del drama específico de las minas de carbón de Coahuila y el drama general de la minería. Contra los intereses que se debaten en elegantes oficinas o en los corrillos políticos, la fe general que se evidencia en rostros únicos, inolvidables, aunque la fugacidad de los medios se empeñe en echar tiempo y olvido sobre de ellos.

María Dolores Bolívar es sonorense, adoptiva de San Diego desde 1971, investigó en Zacatecas la realidad de los pueblos afectados por la migración y colaboró como editora en La Llovizna e Imagen. De 2001 a 2007 publicó la columna política La Ruda y fue corresponsal del periódico regional Mi Pueblo.

Manuel Rodríguez Muro es zacatecano, radicado en Piedras Negras, Coahuila. Desde 2001 es fotógrafo y diseñador del periódico Zócalo. En la brega periodística desde 1988 fue también reportero de El Diario y editor de El Occidental de Guadalajara y diseñador de La Llovizna e Imagen, de Zacatecas.



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