June 13, 2008

Zapateando contra la globalización

Por Arturo Barradas

PLAYA VICENTE, VERACRUZ — El plan era juntarnos y tocar desde temprano. Esto fue programado a las 4 de la mañana, junto a una nevera que ya no tenía cervezas, en el parque de Playa Vicente, Veracruz.


La alegria no tiene edades y todos disfrutan del baile jarocho.

Las jaranas y requintos sonaron esa madrugada como tenía rato que no se escuchaban y nadie, en ese momento creyó que lograríamos levantarnos antes de las 10. Sin embargo, seis horas después cami-naba con Quinto y Margarita por la calle, buscando sombra donde no la hay para tratar de mitigar el calor.

Justo frente a la antigua casa de Pancho Manzanilla (hoy dividida en múltiples espacios comerciales) apareció don Negro Tadeo, azul oscuro el pantalón y blanca la guayabera, con esa eterna sonrisa a flor de labios y ese ánimo que a sus 88 años lo hace parecer de 20.

Luego, ya en el kiosko del parque, llegó Lorenzo Sánchez, La Bonga, con sus chicles colorados “que lo ayudan a cantar”, según dice. Y después El Pariente, blanca la ropa y el calzado, llegó en su bicicleta que dejaba una marca de agua tras de sí: El hielo para su puesto de tacos se derretía bajo el inclemente sol. Allí mismo comenzó la tocada.

Después del Siquisirí, El pájaro cú, La bamba, el Zapateado y La guacamaya decidimos migrar, buscar el agua del río y su cercanía que, aunque escasa, aún nos da algo de fresco en estos días.

Enredaderas de chupipi, maizales, bugambilias, limonarias, palos mulato, cedros, y casas abandonadas por la gente que ya se fue al Norte fueron los testigos de nuestro paso por el puente de hamaca.

De repente, en el camino, don Higinio Tadeo cruzó una cerca al pie de un huachilote. Habló allá con otros ensombrerados, mientras los demás comíamos tamarindo recién caído de la rama y disfrutábamos de ese sabor ácido y dulce que da la fruta bien madura.

Volvió don Higinio y nos habló de su primo Bartolo, de su gusto por bailar, de sus cantadas cuando era joven, hace muchos años. Dijo que Bartolo nos invitaba a su casa, que no oía música desde hace años, desde que la ceguera lo dejó anclado en un sillón, rumiando los recuerdos y escuchando las lejanas voces de los que ya no tocan, pues se murieron tiene mucho.


Siquisirí, Butaquito, Zapateado, La Bamba, sones que nadie se resiste a bailar.

El baile de Bartolo

Al llegar, los ojos de don Bartolo nos buscaban sin vernos. En cambio sus oídos le dijeron lo que su vista no pudo mostrarle.

Comenzó a recordar de requintos afinados en “Hueyapan” o en “natural”; habló de jaranas en “segunda” y en “cruzado” y de voces gastadas por el tiempo, pero fuertes en su necedad de hacerse oir, a pesar de los altavoces que, en la playa del río, tocaban a esa hora bandas sinaloenses y música grupera para los parroquianos que llegaban a beber cerveza.

Nuevamente Siquisirí, Butaquito, Zapateado... Los pies de don Bartolo, sentado en su sillita de madera, trataban de recordar el sonido de la tarima que tanto pisó cuando joven y hoy le está negada.

Como siempre sucede, las cosas se acaban. Nos despedimos, preguntándole a don Bartolo qué son quería oir de “último”. La Bamba, dijo, segura la voz y plenos los recuerdos.

Arrancó el son y el hombre se levantó. Otra vez joven, a sus 90 años, bailó, en su casa, con su nieta y sin tarima. Sonriendo; conmovida su mirada sin luz.

Nunca me ha costado tanto parar una Bamba, pero hubo que hacerlo con la promesa interna de volver, en el sentido pleno de esta palabra, no sólo regresar, si no de devolverle un poco el ánimo de vida a ese hombre, devolverle, aunque sea en sueños y recuerdos, su río, sus árboles, sus pájaros, su música, sus versos.

Cruzamos el río, ese conaminado flujo que agoniza, en la chalupa de Rodrigo. Callados, cansados y muy contentos. Nos despedimos de don Negro, de Bonga y nos fuimos con Quinto a comer y descansar un rato de la asoleda.

Escribo esto para contarles un poco de la vida de acá, de lo poco que hacemos por cambiar este mundo y de lo más poco que este mundo nos voltea a ver, metido como está en producir “riquezas” que cada día nos hacen mas pobres económicamente.

Pero sepan que acá somos ricos, inmensamente, al ver a don Bartolo bailar. Nos enriquece también enseñarles a los chamacos —sin importar que se llamen “Jaqueline”, como la nieta de Don Bartolo— que la globalidad no es forzosamente la vía que nos conviene, pues nos está matando y dejando ciegos del corazón, y eso es peor que no ver con los ojos.

Arturo Barradas es sociólogo, egresado de la Universidad de Veracruz. Es un activo promotor de la cultura jarocha. Encabeza el grupo Soneros del Tesechoacán. www.sonerosdeltesechoacan.com. mx

Return to the Frontpage