July 25, 2008

Ambulantes de sueños

Por María Dolores Bolívar

Sobre el plato de loza barnizada desborda una langosta mediana. La tradición dicta que se sirva con mantequilla pero yo la he pedido sólo cocida, optando por la sencillez que me heredó mi tierra sonorense. Apenas caben, además de mi flamante crustáceo, una cucharada de frijoles caseros y el arroz floreadito, de ese que aún mi abuelita hubiese aprobado, a la primera vista.

A punto de llevarme a la boca una probadita de tortilla, bañada de una salsa picosísima, un requinto desata los recuerdos. Son Los románticos del puerto, armados de violín, guitarra y bajo, para que nadie pueda negarse a pagar, cien por canción, más el pilón si pasas de las cinco. Joaquín, Agustín y Elías tocan a partir de las doce. Esa es la hora en que los turistas empiezan a abarrotar los restaurantes. El sitio es paraje obligado de quien pasea por la península. De camino a Ensenada o a cualquier otro punto es necesario detenerse a comer el que, todavía, debe ser el plato de langosta más económico del mundo.

La primera fibra arrancada a la nostalgia asume el ritmo de bolero romántico, “Sin ti”. De pronto la procesión de notas melancólicas se detiene en un dolor común. México está lejos… o estamos lejos, nosotros, sin él. “Pero si Puerto Nuevo es México”, subrayo con pasión.


“No hay fronteras”, se despidió Joaquín, diciendo: “de donde quiera que sea uno se emociona con las mismas canciones”. Foto por María Dolores Bolívar

“Aquí no es lo mismo” dice Joaquín, quien asegura que será cosa de días lo que les tome llegar al otro lado. Agustín no comparte tanto optimismo pero lo mismo extraña, “muchísimo”. “No podríamos imaginar la vida si no llegáramos a volver”. Bromeo y les pregunto si harían suya aquella línea que popularizó Negrete… que me entierren en la sierra al pie de los magueyales…

“Dormidos, despiertos, como sea…” agrega Elías, espontáneo, “con tal que sea en tierra propia…”

Hace veinte años que Puerto Nuevo era un pueblito de pescadores al que muy pocos iban. La cooperativa de langosta vivía bajo el pie del gobierno y dándose maña para vender, por fuera de la producción y de la veda, a los turistas que se sentaban en casa, a degustar el platillo rey en Francia, con los frijoles y las tortillas de harina que nunca faltan, hasta en la casa mexicana más humilde. Los inspectores llegaban a interrumpir la comilona, de cuando en cuando, pero los conspicuos comensales lograban, con propina corta y certera, apaciguarlos. Puerto Nuevo era el refugio de los conocedores. En una buena tarde se completaba la sentada a comer con un buen vino, bordeaux importado, y el gusto de desafiar la existencia de parajes turísticos, plagados de visitantes que van por pocas horas y que a nadie agradan aunque proliferen como la mala hierba.

Dije, bien, hace veinte años. Hoy Puerto Nuevo es un emporio de explotación de los productos del mar. Además de langosta puedes ordenar ceviche, camarón, y hasta pulpo del golfo. Los platillos varían tanto que la carta es un políptico nutrido de nombres y estilos de todos los estados del país. Lo nuevo, lo que sorprende como si fuera el despertar de un sueño, es la presencia numerosa de ambulantes y de tríos. Una legión de habitantes transitorios, qué digo, una ciudad móvil agregada a Baja California, el estado al que, apenas unas dos décadas atrás, pocos consideraban buen destino para sus planes de éxito.

En las callejuelas, de bajadita, nos detenemos en los puestos de todo. Hay collares, pulseras y aretes al por mayor… “Plata de Taxco, presume el encargado del tendajón, apenas cubierto de lona y techumbre improvisada. “¿En dólares o en pesos?” se apresura a inquirir para “darme precio” la señorita tras el mostrador.

Y al instante revivo la escena familiar de cada sitio turístico, de Querétaro a Tijuana, de Cancún a Mazatlán y Los Cabos. Se trata de una red de tráfico de bisutería y artesanías de toda la república que se desplaza por todo el país. Va acompañada de un montón de personas que le dan vida a los mercaditos que se levantan, apenas el tiempo indispensable, para saturar a la ciudad en turno de la mercancía codiciada. Van payasitos, cantantes, bailarines, dibujantes de rostro estándar. Algunos de los objetos en vendimia se reciclan, de a varias vueltas, y van y vienen, de un lado a otro de la línea fronteriza. “No es contrabando…” intentó convencerme un empresario del ambulantaje que financiaba tres puestos en la misma plazuela, en Zacatecas.

“Vendemos bien…” me aseguró doña Juanita, que ya lleva quince años viviendo en Ensenada, Baja California. Cuando llegamos dijimos que sólo nos quedaríamos el tiempo que nos tomara cruzar al otro lado y, ya ve, aquí seguimos. Ya nos encariñamos con esto…” y, su mirada fija en la punta de su dedo que señala hacia el suelo por el que dice “haber hecho caminito, poco a poco,” remata en un fijo silencio, largo, larguísimo.

Esta frontera móvil viene de muy, pero muy abajo y de muy pero muy atrás. “Ya no se sabe ni de dónde somos…” dijo Joaquín, solemne antes de retomar de nuevo el airecito entre festivo y tristón de su violín, acompañado del requinto. Los hermanos Álvarez y su buen tercio, el señor Pimentel, amenizan con sones, boleros, baladas, hasta rap. Acaban de invadir mi presente de nostalgias y de recuerdos que guardo, para cuando toque describir y contar lo visto y oído. Y para asegurarse que entiendo qué tan firme es su deseo de morirse en su tierra solicitan que el pilón sea la misma Guadalajara.

Ni Joaquín, ni Elías, ni Agustín son de Jalisco. El tiempo y las generaciones los llevaron, primero, a la ciudad de México y, ahora, a Tijuana, donde esperan dar el brinco al otro lado. “No hay fronteras”, se despidió diciendo Joaquín, de donde quiera que sea uno se emociona con las mismas canciones.

“Nosotros ya ve, las traemos aquí adentro…”, señala momentáneamente Elías el fondo de su guitarrón, “nos trajimos a todo Veracruz, Guerrero y un pedacito de Jalisco. Y si nos empuja, le cantamos el mismo corrido de Sonora…”

Pedí el de Mexicali, para sorpresa de quienes me acompañaban. Hace tiempo que me siento más cachanilla que yaqui, no sé por qué. O será que como mis amigos troveros ando también en el ambulantaje de sueños, de aquí para allá.

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