July 11, 2008

Viajar al norte: La paradoja del progreso

Texto de María Dolores Bolívar; fotografía de Manuel Rodríguez Muro

En la frontera, emigrar es cosa de todos los días; por eso nos hemos vuelto insensibles al éxodo. De regreso, de Piedras Negras a Zacatecas, a unas dos horas de Saltillo, en plena noche, mientras dormía profundamente, acomodada a mis anchas entre dos asientos del ómnibus, me despertó la sensación de que íbamos hacia atrás. Al incorporarme para echar ojo por la ventanilla, comprobé que rodábamos en reversa, ya por fuera del asfalto.

Nos guiaba una linterna que indicaba el camino y el chofer, me pareció que sobrecogido por el pánico, seguía instrucciones. Mi miedo se desbocó cuando miré hacia la parte de atrás y caí en la cuenta de que sólo quedábamos tres pasajeros. Escuché casi al mismo tiempo que descubría aquella realidad interior que el chofer respondía a su interlocutor misterioso, el de la linternita, “mujeres”, para más.


El Zapato: La elocuencia desgarradora de un zapato. Foto de Manuel Rodríguez Muro.

Me quedé paralizada en ese instante que pareció larguísimo. Estuve a punto de formularme la idea de que nos estaban asaltando pero me lo impidieron dos policías judiciales que entraron golpeando las ventanas con las cachas, como para asegurarse de que no pudieran abrirse. Yo estaba estupefacta, presa del pánico. Ordenaron a las otras dos pasajeras que se sentaran en el asiento contiguo al mío y así retomamos la ruta las tres, todavía no sabíamos ni a dónde ni por qué.

Creo que pasaron unos veinte minutos en lo que nuestros malhechores uniformados se organizaron y comenzaron a subir, en hilerita, a tantos indocumentados como cupieron en nuestro autobús. Después supe que eran todos hondureños. Viajaban en una troca y a pocas horas de Piedras Negras se les averió el vehículo. Acalorados y llenos de tierra, con apenas una botella colgando de un alambre y del cinturón o de la presilla del pantalón, parecían todos iguales. O yo no pude distinguir gran cosa a la luz tenue de la linterna, ya que las luces del camión permanecían apagadas. En esa penumbra extraña alcancé a identificar los rostros de tres mujeres, entre el resto que eran hombres. Decían poco; algunas bromas acerca del servicio de televisión o el baño. Se reían como si no tuvieran ganas de hacerlo, con esa risa que es más bien el mínimo detalle para romper el silencio.

Tras de ellos, los judiciales amenazantes y agresivos, apuntando sus armas, quedaron apostados en el pasillo, a punto de cortar cartucho hasta Saltillo.

Nosotras, las pasajeras, casi ni nos miramos. Cuando llegamos a Saltillo reaccioné, busqué en mi bolsa mi grabadora y en el momento en que descendieron los polis me fui a la parte trasera del autobús a preguntar quiénes eran, por qué los habían agarrado, de dónde venían. “Se nos ponchó la llanta”, repetían sin ningún tipo de elocuencia, como si su memoria inmediata hubiese entrado en estado de shock.


En busca: El obstáculo no es el río Bravo sino la fortuna que gira arbitraria, hoy sí, mañana no…

Estaban a unas horas de Piedras Negras —el viaje desde Saltillo es de unas seis horas-, luego del viaje a pie durante semanas desde San Pedro Sula o Tegucigalpa, ahora de nuevo su punto de destino. La tristeza reinó largos momentos. Como mi pánico se esfumó al escucharlos, casi por arte de magia, acabé preguntando al oficial por qué tomaba el camión por asalto y por qué transportaba en él a voluntad a toda esa gente, de manera clandestina. Pero nada, casi puedo decir que “cordial” se disculpó. “Es mi trabajo” , dijo, “son mis órdenes”. Conmigo no fue agresivo el comandante aquel, aunque el chofer me aseguró que lo amenazó para sacarlo de la carretera. Y aquellos indocumentados, supusimos, habrían pagado el resto de dinero que tenían para que los subieran en un autobús.

Ahí terminaba la aventura a pie, desde su patria, Honduras. Fue en Tegucigalpa donde los congregó el enganche que los vio salir en grupo. “Llevábamos semanas”.

Cuando quise publicar la nota, ninguno de los medios en los que colaboraba cedió el espacio. “No te metas con la migra mexicana”, me dijeron burlones un par de amigos. “La judicial no se anda con cuentos… Si expones esas corruptelas un día apareces fría en tu casa y no hay investigación, ahí muere”. Sin resignación, acabé cayendo en la cuenta que de estas cosas “no se habla”.

Me concreté a guardar mi hojita y mi casette para mejores tiempos visto que el mundo de los medios no se mete ni con la migra ni con los judiciales y menos de un estado de poderosos, como lo es Coahuila.

Una fugaz memoria me acompañó esa mañana cuando por fin vi la central camionera de Zacatecas y tomé rumbo a casa, andaba por la ruta de la lechuguilla, así la había descrito el hombre que me tocó de vecino en uno de mis viajes, de Jerez a Fresnillo, al tiempo en que me hablaba de esa región por la que pasan las trocas cargadas de pasajeros que dejan el campo. Se van a Saltillo, a Monterrey, a donde sea. Se cansan de esperar el agua por esos rumbos de tierra temporalera. Son tantos los pobres desplazados del semi-desierto, por tanto campo seco, que toma expertos decidir de donde son; si son del norte o del sur del país o incluso de otros países.

Los días que siguieron a aquel recorrido infernal los dediqué a repetir lo ocurrido, imaginando a aquellos desafortunados viajeros andando, en sentido contrario, la ruta de sus sueños. Y comprendí… hacia San Pedro Sula o hacia Piedras Negras el milagro del progreso no es más que una triste paradoja de la que casi nadie se atreve a hablar.

María Dolores Bolívar es sonorense, adoptiva de San Diego desde 1971. Investigó en Zacatecas la realidad de los pueblos afectados por la migración y colaboró como editora en La Llovizna e Imagen. De 2001 a 2007 publicó la columna política La Ruda y fue corresponsal del periódico regional Mi Pueblo.

Manuel Rodríguez Muro es zacatecano, radicado en Piedras Negras, Coahuila. Desde 2001 es fotógrafo y diseñador del periódico Zócalo. En la brega periodística desde 1988 fue también reportero de El Diario y editor de El Occidental, de Guadalajara, y diseñador de La Llovizna e Imagen, de Zacatecas.

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