July 3, 2008

Cazador de Palabras

Marco A. Romero

Te cuelgas a la espalda el arco y el carcaj y, sin prevenir a nadie, te vas por los caminos a cazar palabras. Regresas por la tarde con un racimo de esdrújulas, emocionado porque vas a escribir tu primer artículo para el periódico de la localidad.

Qué fácil parece el trabajo de un periodista; que sencillo se antoja redactar una noticia. Las palabras están ahí, sueltas, al alcance de la mano, listas para ser atrapadas por el pescuezo, por ti, cazador esforzado. Pero pronto descubres los rigores de la cuestión artesanal: consumirás tinta y papel; más tinta y más papel de un matutino, solo para que un día cualquiera, dos décadas más tarde, termines deduciendo, como el apocalíptico Juan, que todo es vanidad de vanidades.

Una mañana de epifanía, te miras al espejo y ves a un desconocido que se afeita mecánicamente las mejillas. Por lustros has intentado construir, inú-tilmente, armazones que sostengan el esqueleto de una vocación.

Nada te duele pero estás exhausto. Miras en retrospectiva el frenesí de ir todos los días tras la noticia y luego correr de vuelta a la redacción del diario para vaciar su contenido en una cuartilla; es una suerte de monomanía que no deja mucho tiempo para sutilezas del lenguaje, mucho menos para florituras. ¿Quién tiene tiempo de ser Borges cuando debes escribir, todos los días, al menos ocho notas, una columna política y, si te descuidas, hasta el editorial?

Ahí estás, apachurrando teclas por un jornal. Habías terminado el bachillerato. Esperabas ganarte algunos pesos como formador o linotipista para pagar tus estudios en la Facultad de Economía pero, a falta de redactores, te contrataron como aprendiz de reportero con un sueldo inicial de veinte dólares a la semana.

Para construir sobre el papel la mítica pirámide invertida tienes que ser capaz de trabar los verbos con los sustantivos sin utilizar jamás un adjetivo. Objetividad y técnica. A ver cómo te las ingenias para tejer una red que atrape a los desprevenidos lectores.

En los setenta, cuando las escuelas de periodismo todavía no se ponían de moda, los aprendices debían dominar rápido el oficio si querían liberarse del sadismo de los colegas viejos. El trabajo era excitante pero las jornadas nunca menores de catorce horas. Vacaciones, ni pensarlo. Con el paso de los años podría venir la jefatura de información, y con un poco de suerte y muchas relaciones políticas, la dirección de un vespertino. Para ese entonces tu vocación de economista habría muerto antes del alumbramiento.

Víctima de las estadísticas, eres ahora uno de cada cinco mexicanos que vive en los Estados Unidos dónde, por cierto, residen más hispanos que en la mayoría de los países latinoamericanos, e incluso que España. Te emociona observar cómo estos conquistadores modernos se las apañan diariamente para hacerse entender, no por ignorar el inglés, sino porque, por ejemplo, guagua, burra y camión se escriben y pronuncian diferente pero significan lo mismo.

Con 52 años a cuestas, no renunciarías a uno sólo de ellos por no tener que pagar de nuevo la factura de la inexperiencia.

El exceso de ocio, te ha puesto de nuevo ante un teclado. No extrañas la Rémington y sus achaques; ni siquiera la Olivetti eléctrica con su saltarín teclado de bolita. Prefieres los prodigios de la computadora.

Renovado, sabes muy bien que deberás echarte un clavado en las profundidades de la gramática, hurgar las entrañas de los misteriosos sintagmas, regodearte con toda suerte de metáforas y alegorías y, de vez en cuando, hacerle un guiño a la complaciente hipérbole. Algunas de estas herramientas no te fueron tan indispensables como reportero.

Te motiva Cervantes, que escribió el Quijote a sus cincuenta y, si te permiten el desplante, escribirás a despecho de García Márquez que postula la incapacidad de los mayores para asimilar la estructura del lenguaje.

Gracias a la generosidad del periodista Daniel Muñoz estás de vuelta. Así, pues, ¡tras la presa, cazador de palabras!

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