January 4, 2008

Comentario:

El misterio de las cartas

Por Humberto Caspa, Ph.D

En un periodo de las computadoras, de los juegos electrónicos, de los teléfonos celulares; especialmente en una era avasallante del Internet, es sumamente difícil encontrar en el buzón postal una carta escrita a mano.

Hoy, mucha gente en este país prefiere el espacio cibernético para comunicarse con sus seres queridos del otro lado de la frontera. Especialmente en estos días de festividades de Año Nuevo, son raras aquellas personas que se sientan en su escritorio y redactan una carta al estilo de William Shakespeare o a la manera del genio de la literatura latinoamericana Gabriel García Márquez.

Por el contrario, muchos de nosotros preferimos operar al frente de la computadora. Esperamos que el teclado y los distintos paquetes inseminados en la memoria del disco duro nos faciliten una redacción sin problemas gramaticales, mejor utilización de palabras y sintaxis. Nos olvidamos de que cada vez que lo hacemos estamos contribuyendo a la defunción gradual del arte de la escritura a mano.

El primero de enero recibí algo inesperado a través del correo público. No fue un galardón especial por los artículos que normalmente escribo en este periódico, ni tampoco un reconocimiento de que gané la lotería de California. Lo que me sucedió fue algo más simple y me puso a meditar del avance gigantesco del sistema de comunicaciones en menos de dos décadas. Recibí una carta de dos páginas de mi hermana Herminia, remitida desde mi tierra natal de Bolivia. La carta estaba escrita a pulso, con letras cursivas y una tinta semifosforescente. La simplicidad de su prosa hizo languidecer mis pupilas, al mismo tiempo me dio muchas fuerzas para continuar con mi travestía de seguir adelante en el año 2008.

Mucha gente se preguntará, ¿cuál es el interés por una simple carta? ¿Por qué darle tanta importancia a la misiva de mi hermana? El contenido de la carta de mi hermana fue, por supuesto, conmovedor, pero fue también importante reconocer el valor sentimental que contiene una pieza de papel y tinta.

La carta de mi hermana me hizo comprender que la suerte de la escritura a pulso está a unos pocos años de su extinción. No creo que su mensaje hubiera tenido el mismo resultado si es que lo hubiese escrito a través del Internet. No obstante de ser sofisticada, una misiva por el espacio cibernético no encarna el espíritu del autor, ni impregna sus sentimientos personales.

Lamentablemente las cartas a pulso están en el umbral de la desaparición, y no existe un buen samaritano que detenga su agonía. Su pena de muerte la siento en mi propia casa. Por ejemplo, casi nunca me pongo a redactar un artículo semanal con una pluma en la mano. Normalmente utilizo mi pequeña computadora y empiezo a transcribir mis ideas haciendo uso del teclado de la máquina. Mi esposa hace lo mismo. Mis colegas de la universidad también son dependientes de sus computadoras, y son raros mis alumnos que toman apuntes en un cuadernillo de borrador. La mayoría lo hace en sus computadoras.

La única persona que conozco que escribe con un bolígrafo en la mano es mi niña de once años. Sin embargo, a medida que pasen los años, y una vez que llegue a la universidad, ella también estará utilizando un pequeño laptop.

El Internet nos dio una vía extremadamente rápida para intercambiar ideas con nuestros colegas del negocio o con nuestros familiares y amigos. A pesar de su rapidez y la sofisticación extrema, el Internet no ha logrado captar la subjetividad de la persona que transcribe un mensaje. Nunca creo que hubiera captado los sentimientos de mi hermana a través del espacio cibernético. Fue esa bendita escritura a pulso la que me cautivó y me hizo añorar aquellos momentos de felicidad que pasé en Bolivia, país perplejo, con muchos problemas económicos y sociales, pero lleno de una belleza natural incomparable.

A diferencia de mucha gente, no hice ningún tipo de resoluciones. No quise enfrascarme dentro de unas metas anuales, ni quise premeditar mi futuro y mis aspiraciones. Sin embargo, creo que encontré una resolución para este año. De hoy en adelante voy a escribir una carta a pulso a uno de mis familiares o a uno de amigos para expresarles mis sentimientos. Las letras cursivas todavía persistirán en nuestro medio. Por lo menos mientras viva. ¡Feliz Año Nuevo!

Dr. Humberto Caspa es Profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. E-mail: hcletters@yahoo.com

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