December 19, 2008

La América de las vacas flacas

Por María Dolores Bolívar

Las primeras decisiones de Barack Obama en cuanto a su gabinete de seguridad nacional apuntan a grandes cambios. La senadora Hillary Clinton en el equivalente al ministerio del interior; Janet Napolitano, gobernadora de Arizona, a la agencia de seguridad interior (Homeland Security). Los cambios resultan más atractivos que en el pasado. Nos preguntamos si de verdad habremos dado con una de esas épocas en las que el entusiasmo se apareja con las estrellas y ambos con las crisis que motivan a los individuos a echarle imaginación al asunto. Y, bueno, para muchos, que convivimos con los inmigrantes, la lista de “to do’s” en el campo de la inmigración va en aumento. Ni siquiera una amnistía podría atender la problemática que por años ha ido echando sus raíces por todo el territorio. ¿Cómo asumir esa nueva realidad a la luz de una legalidad que urge reconceptualizar por el bien de prácticas que han urdido mundos paralelos como mundos aparte…?

Necesitamos creer, por ejemplo, que detrás de la consigna que hizo famosa a la gobernadora por Arizona, “Construye un muro de 50 pies y alguien encontrará una escalera de 51” — “You build a 50-foot wall, somebody will find a 51-foot ladder”—, vendrá el respiro necesario contra el ambiente de intolerancia establecido por leyes como la de los bancos de datos electrónicos, la restricción de las licencias de manejo, la postergación del acto por los sueños. Los muros preocupantes son invisibles; autorizan, sin más, al que desprecia a las razas a negociar y renegociar espacios, reduciendo los de los inmigrantes, legales y no, al mínimo posible.

Porque ha quedado claro, no sólo que se discrimina a los indocumentados, los sin papeles, sino que entreverado con las familias de carne y hueso, complicado en un sin fin de rostros y nombres sobre cuya cabeza pende una orden de deportación, la persecución policial, la fragilidad de la vida por fuera de la ley por el trabajo, amenaza con restringir, hasta su mínimo exponente, la posibilidad de desarrollo de las comunidades de hispanos.

Avisan grandes cambios. El crecimiento o la madurez parecen haber llegado con las crisis. Supongo que veremos importantes modificaciones a la América consumista. No tengo muchas esperanzas. Por años he visto deteriorarse la situación económica en México sin que mengüen de manera equivalente las ventas en los centros comerciales a cuya entrada desemboca —premonición estilo tentación diabólica— La avenida de las tiendas. No hace mucho, mientras hacíamos la cola en una tienda cuyos precios inspiran a la mayoría a tener que escoger entre el número y el estilo de lo que se compra, mi hija y yo, vimos a dos mexicanos de piel blanca.

-No sé cuál quiero, si el azul o el negro

-Pues llévate los dos

-Ay, pues sí…

A la debilidad tentadora de no hacer ningún sacrificio la siguió mi mirada escrutadora. ¡Cómo! Y por única respuesta se apareció la triste realidad de los contrastes que continuamente se rozan. El viernes negro —el día de las baratas al que demoledoramente muchos han ya rebautizado azul—, mi escrutinio sentó sus reales en la cola del Best Buy que, a eso de las cinco de la tarde del jueves anterior ya se había formado, amenazando con crecer, hasta rodear al establecimiento. La razón, las gangas del viernes negro. Viernes negro, epítome del consumismo que ubica a la Navidad a manera de epicentro. El viernes último de noviembre es el pre-shock, el sacudimiento previo al terremoto. Y, claro, los que avistan en los ofertones la única posibilidad de ponerse al día y competir, hombro a hombro, junto con los que tienen para jamás tener que escoger, se dieron cita en este barrio, seguros de que su empeño les daría la llave del éxito, es decir, el boleto de la computadora de trescientos; el vale para la televisión de ochocientos; los diez primeros números para la video consola a setenta por ciento de su precio.

Ya reventada la burbuja del viernes, vino el lunes con nuevos hechos violentos. Las estadísticas reveladoras e infames; la constatación nefasta de que nada anda bien, de que las aguas crecen.

La bolsa a la baja; las acciones en números rojos; la sociedad ansiosa por saber qué sigue… Y lo que sigue no será placentero ni menos esperanzador. Los que hemos visto deteriorarse las cosas en México vemos con preocupación todos esos signos mundiales de violencia. Piratas en los mares, ataques inesperados que exceden las tradicionales pugnas nacionales, manifestándose en demandas civiles que se extravían entre los individuos, como ocurrió en Mumbai y el crimen organizado creciendo cual cáncer social, sin ton ni son, o sin freno, virtud de las debilidades humanas que dan rienda suelta a la corrupción, la deshonestidad, el lucro sin ética.

¿La Paz? Dicha así… Se ha convertido en una quimera; una lejana estrella que anuncia que terminará una guerra tan solo para dar pie a nuevos puntos de choque, nuevas crisis, nuevos levantamientos.

¿Y la frontera? Es esa realidad que ni un muro podría llegar a contener. ¡Qué frágiles los muros…! Sobre todo porque denotan rupturas, fisuras, pequeñez, medida. Imposible lograr que no se profundice en la búsqueda de ese sueño en torno al cual gravitan los menesterosos de todos los puntos del planeta.

Ahora será el momento de constatar cuánto de cierto tiene aquella máxima que cuenta que el éxito es lograr lo que se quiere y la felicidad, conformarse con lo que se tiene…

Una cosa queda clara, por sobre todo lo demás. Estas fiestas navideñas serán mucho más frugales y austeras que nunca. Y el restringir las compras no sólo obedece al temor generado por los mer-cados sino a este momento histórico en el que la estabilidad tradicional de la familia promedio simplemente no es tal. O como decía aquel cuento de García Márquez en el que los habitantes de un pueblo costero veían perderse todas sus esperanzas debido a la pobreza: Sorprendía “que un rico con hambre se pareciese tanto a los pobres”.

Los gobiernos no tienen a quien recurrir para saldar sus cuentas; la educación opera al mínimo presupuestado; los bancos entran con rapidez en la cadena de la quiebra; la gasolina comienza a bajar de precio pero no por una política reconstructiva planeada y proyectada en bien de las personas, sino vía el ahorro –la privación- de los consumidores. Al alcanzar su fin, el año parece no traer estímulos, ni promesas de mejora, ni augurios de buena fortuna.

Porque parecen estar aquí, llegados de lleno a nuestras vidas, o como dice un amigo jocoso “ya se habían tardado”… ¡los tiempos de vacas flacas! (y esperemos que no haya quien dé con la manera de renegociar la compra de las dichas vacas, a la manera del que no se mide y acaba por consignar, “me las llevo… tanto a las gordas como a las flacas…”)

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