August 22, 2008

La marcha por la seguridad empieza en el ojo propio

Por María Dolores Bolívar

En versión mínima de lo que acontece hoy en todo México (tal vez en todo América Latina), en mis tiempos de residente de la ciudad de México ocurrían fenómenos reprobables y criminales de los que todos dan fe y en que los más participan. Al acceder al estacionamiento de la UNAM, por ejemplo (por entonces mi sitio de trabajo), “los cuidadores” de autos te abordaban ofreciéndote sus servicios: “¿se lo lavo?” Al más mínimo interés seguía un “le saco el golpe” o “le pongo el espejo”. En actitud convenenciera los conductores aceptaban “los servicios” sabedores de que fomentaban esa política de la impunidad que empieza con lo personal, vía “el negocio” de autopartes. Y siguiendo la máxima de “no ver”, “no escuchar”, “no hablar”, compraban su parcelita de corrupción sin preguntarse el origen del retrovisor o del tapón que aquella oferta de servicios volvía mágicamente accesible “por nada”.

Igual estado de cosas imperaban en la colonia de los doctores, en Tepito. Los talleres negros hacían de todo. Los clientes, sin dudarlo, se aproximaban a esos centros proveedores que luego hacían rolar la mercancía de la misma manera, sosteniendo su modus vivendi sin mucha conciencia. “Y eso no es nada…” me dijo a punto de la carcajada mi primer jefe, cuando revelé mis hallazgos callejeros, segura de que él, a quien todavía considero honrado, se indignaría conmigo.



Mirada Dior

En los mercados sobre ruedas (verdaderos megamalls ambulantes) la compraventa de objetos comenzó a obrar por esos mismos principios. En paralelo con la mercancía legal, de origen transparente, circulaban los pantalones HB a precios inferiores que en su lugar de origen; los lentes de todas marcas “casi regalados”; el glamour importado fabricado en Tepito. Apenas te parabas en un sitio de esos y te rodeaban los comerciantes golondrinos: ¿Quiere perfumes? ¿Le muestro bolsas de Louis Vuitton? “Me vale” me comentó un amigo que acababa de comprarse una televisión de mil, en menos de doscientos. Y con miradas de “no seas aguafiestas” me descalificaron quienes compraban Nintendos, video juegos, impresoras… ¡de todo! ¡En cantidades irrisorias!

Y claro que esa bipolaridad perceptiva genera realidades indeseables. A mi tía le saquearon su casa tres veces. “No dejaron ni los colchones” comentaba luego que la tragedia se asentó con dejo de comicidad. Y uno se preguntaba, de menos, cómo las autoridades podían obviar tanta impunidad. A dónde iban a parar todos esos botines que, seguramente, reclamaban espacios –bodegas- cada vez más grandes, sistemas de transporte que tendrían que ser visibles, tangibles, localizables. A qué sitio mágicamente “seguro” iban a dar las pertenencias de todos, sin que las policías del país, de los estados, de los municipios, diesen con ellas. Insensibles, sin ojos, sin oídos, sin lengua, los pobladores de un país donde reina la impunidad, se acomodan en esa realidad en la que todos juegan un papel, por mínimo que parezca.

Y como eso que se llama tolerancia aumenta, hace costra, desensibiliza a los más… los mecanismos reconstitutivos generan sus piezas de repuesto… Secuestros y levantones se han convertido en la manera eficaz de obtener los recursos que no rinde el trabajo honrado. El hampa se presenta como salida fácil a toda una vida de carencias y contrastes. El narcotráfico y el narcomenudeo se consideran ramo de bajo riesgo en un sistema que ahíja la trata, la pederastia, el tráfico de órganos, de niños, el trueque de vidas. Ningún aspecto de la vida cotidiana resulta intocado por alguna forma de corrupción.

Ya en otras épocas y en muy distintas geografías, durante mi estancia en Zacatecas, en mi lugar de trabajo, pese a que en apariencia las cosas funcionaban “derechas”, bajo la superficie de los cubículos pulcros y los baños bien aseados, obraba otra realidad, por fuera de la norma. La chica que debía dedicar sus horas a mecanografiar, vendía zapatos y botas por catálogo. La editora de la nota policiaca, rolaba entre los redactores su cuadernillo de Avón; la joven del fondo, operaba su tiendita de golosinas, cigarrillos y refrescos; la encargada de la publicidad, era el contacto para conseguir autos a precio inmejorable. ¿Excepcion? ¡No!

Una visita a la secretaría de Educación y Cultura bastaba para hacerse del mejor pan, de una docena de medias importadas, de lindos suéteres procedentes de alguna maquiladora que triplicaba el precio en las tiendas del otro lado; de unas pantuflas de otra que sólo podían conseguirse en California. La dueña de la galería tenía una amiga que vendía trajes importados. En la secretaría de Finanzas operaba, en la informalidad, el mejor expendio de computadoras Toshiba.

Además, siendo más lucrativos los negocios personales, “el sueldo base”, como jocosamente se da en llamar el ingreso regular, se convertía en algo intrascendente volviendo secundario el trabajo que lo proveía. La changarrización de la vida iba en aumento, una funcionaria de la radio estatal me vendió un collar de perlas y aprovechaba sus cobros quincenales para intercambiar información que luego difundía en su noticiero. Doña Susana instaló su propio tianguis en la cochera, usando de explicación nada menos que los discursos del propio Vicente Fox; la vecina de enfrente de Rosa María, mi colega profesora, colocó una tienda de autoservicio en su sala; la hija de Tere acondicionó un Cíber en la planta baja; Luis Felipe operaba su negocio de productos importados y accesorios para caballero desde el casillero de la recepcionista. Los ejemplos de comercio informal se multiplicaban. El sistema piramidal que operaba, entre amigos y colaboradores de trabajo, hacía su agosto.

“Prefiero acá” me dijo un vendedor de usado cuando en la charla abordé el tema de cómo se pagan impuestos en Estados Unidos. Los vicios de la informalidad parecen más prudentes, llevaderos y justos a la mayoría de quienes se ganan la vida a la sombra de esa oscuridad generalizada y laxa.

Definición de tolerancia: Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas o de las obras contratadas.

Cada uno, desde su pináculo de insensatez, ha tolerado que la irregularidad reine en el país. Y así, con tolerancia, en ocasiones extrema, consume también los bienes de procedencia oscura; con tolerancia solapa la corrupción en el trabajo; con tolerancia sostiene a esos sistemas de excepción. ¿Cómo va a combatirse lo que por décadas se ha fomentado a conveniencia…? ¿No es la demanda convenenciera y libertina la que genera esa disponibilidad de sistemas paralelos como la evasión, la mordida, el privilegio, el arreglo por fuera. Llamar a la seguridad o marchar contra el crimen y la violencia pasa, necesariamente, por el compromiso de una sociedad que “no tolera” la transa como quiera que ésta se presente. ¿O no?

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