August 8, 2008

El Trébol de Cuatro Hojas

Cuento Corto

Por Marco Antonio Romero

Una mata de helechos envuelve, como un capullo, las bisagras oxidadas que a duras penas mantienen en pie la puerta del patio trasero de la casa de Troy, de manera que siempre permanece abierta.

Lejana su niñez y a punto de abandonar la adolescencia, Troy no encuentra fascinación alguna -como antes- en frecuentar el patio de su casa. A pesar de ello, el domingo pasado experimentó el repentino impulso de hacerle una visita.

Avanzó pisando un adoquín sí y otro no hasta alcanzar la primera mata de tréboles que tuvo a la vista. Uno de los frágiles tallos crujió en sus manos y sin perder más tiempo se escabulló hasta la cochera donde lo esperaban sus amigos para ir al partido de beisbol.

En la casa de Troy los tréboles de cuatro hojas no son extraños ni motivo de superstición. Abundan en las jardineras que rodean la fuente. Bien abiertas, como manitas de muñeco, las míticas plantitas encuentran espacio para su verdor entre las margaritas y las rosas mimadas de Catalina, la abuela de Troy.

La sabia señora le había inculcado desde niño –como antes lo hizo con su madre- que las supercherías son cosas de ignorantes. “La suerte se hace trabajando”, solía predicar, con tal énfasis de voz, que no dejaba lugar a dudas.

Por ese motivo, a Troy siempre la han parecido graciosas las diversas reacciones de la gente cuando alguien comenta que en su casa brotan tréboles de cuatro hojas. Algunos sencillamente se quedan con la boca abierta; otros, a la defensiva, entrecierran los ojos y sólo responden con un “no lo creo”.

Pero, a Troy le consta que algunas personas harían cualquier cosa por tener un trébol de cuatro hojas.

Hay toda una serie de anécdotas al respecto.

Las visitas siempre se llevan uno “de recuerdo”.

Hace varios años,-un día después de Navidad-, su abuela sorprendió a un extraño en el jardín de la casa. Apenado, el hombre dijo que hurgaba en los botes de basura con la esperanza de encontrar comida. La suspicaz mujer no le creyó, pero le obsequió una pierna de pavo que había sobrado de la cena.

Troy refuerza con su fe el rechazo a las supersticiones.

-¿Para qué necesito un amuleto si me persigno cada mañana antes de salir de casa y por la noche no me duermo sin antes rezar el Padre Nuestro?

Pero, el domingo Troy necesitaba sentirse particularmente afortunado. Esperaba ser testigo de una proeza del deporte. Si su ídolo lograba batear un sólo cuadrangular más rompería el récord de todos los tiempos.

Con bastante anticipación, Troy y sus amigos habían reservado lugar en los asientos centrales del parque de beisbol. Una vez en colocados en sus butacas, no había más que esperar el gran acontecimiento.

En la segunda entrada, apareció con su bat al hombro el atleta esperado, el ídolo de Troy, dispuesto a superar la marca legendaria.

Poco después, un meteoro describió una elipse perfecta hacia el enjambre de manos que esperaban al otro lado de la barda.

Una palma ansiosa que amortiguó el impulso de la pelota, rápidamente se tornó huidiza a causa del dolor. La esfera se deslizó suavemente por el pasillo salpicado de pies, como buscando una salida, como buscando a Troy para sellar su destino.

Miles de voces estallaron pero el chico no las escuchó; lo que si vio fue su rostro agigantado en la pantalla digital del estadio.

-¿Qué harás con ella, la pondrás en un sitio especial? No, seguramente la venderás, ¡podrían ofrecerte un millón!- le cuchicheó el robusto uniformado mientras lo escoltaba hasta la salida del estadio para ponerlo a salvo de la multitud.

Instintivamente, Troy metió su mano en la bolsa del pantalón. Sus dedos nerviosos palparon la histórica pelota, y el trébol de cuatro hojas.

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