November 16, 2007

Comentario:

La Población Latino-estadounidense

Por Humberto Caspa, Ph.D

Mi hija, Karen, nació en Estados Unidos. Mi esposa es colombiana y yo soy boliviano. Tanto mi esposa como yo estamos seguros de nuestra nacionalidad y me parece que los dos también tenemos claro, por lo menos yo, el rollo de nuestra identidad. Por el contrario, mi niña todavía no tiene certeza si es boliviana-americana, colombo-americana, o simplemente norteamericana.

La identidad se ha convertido en un problema serio para los niños y niñas estadounidenses, cuyos padres y madres tienen origen en un país de América Latina. Este problema debe hacerse extensivo con aquellas personas adultas que, por cuestiones de cultura, costumbres y de clase, hasta ahora no han sabido determinar su identidad étnica y nacional en este país.

En años pasados, el famoso concepto de “Melting Pot” (lugar donde se fusionan las razas, nacionalidades y etnicidades) se encargaba de determinar la cultura y las costumbres norteamericanas y promovía una aparente “hermandad” entre los grupos étnicos y nacionales que compartían esta sociedad. Muchos inmigrantes europeos y de otros continentes –especialmente las primeras y generaciones ulteriores— a menudo abandonaban sus rasgos culturales de origen y usualmente aceptaban a la sociedad norteamericana como suya.

En términos académicos, a este proceso de aceptación de la nacionalidad estadounidense se le conoce con el nombre de “asimilación”, cuyos matices, particularmente entre la población latinoamericana, denota elementos peyorativos, como el entreguismo o el término de “vende patria”.

Cuando el “Melting Pot” era un principio popular en la sociedad norteamericana, las organizaciones civiles latinoamericanas, concretamente durante la década de los 1940 y 1950, jugaron un papel significativo para la adopción de este concepto. Por ejemplo, la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) y el G.I. Forum, entre otros grupos, emprendieron la tarea de crear mecanismos de asimilación para que sus miembros tengan, aparentemente, mejores oportunidades económicas en la sociedad norteamericana.

Sin embargo, dichos grupos no llegaron a captar, en su momento, que la sociedad norteamericana estaba estructuralmente viciada por leyes discriminantes –i.e. la segregación escolar, leyes migratorias intolerantes, etc.— y prejuicios sociales e individuales que hacían imposible una asimilación justa y positiva de las etnias minoritarias. Es decir, por mucho que una persona quería sobresalir, existían barreras estructurales que no permitían su desarrollo normal. En este sentido, la asimilación simplemente legitimaba ese tipo de discriminaciones.

Por el contrario, una década después, específicamente a fines de los 1960 y principios de 1970, la movilización emprendida por miembros y simpatizantes de los Chicanos rompió con el concepto de la asimilación o el “Meeting Pot”. Los Chicanos tomaron como base de su movimiento abrogar aquellas premisas de asimilación que no les permitían mejoras económicas y sociales. También rescataron las costumbres de sus antepasados. Es decir, encontraron en el indigenismo una fuerza natural para hacer frente los rasgos de discriminación de la sociedad norteamericana.

El movimiento Chicano creó, por unos años, una identidad que fue aceptada por sus miembros durante el movimiento cultural de los 60s y 70s. Sin embargo, el chicanismo no resolvió el problema de identidad de las nuevas generaciones que nacieron en la década de los 80, 90 y 2000. El chicanismo hizo énfasis en las raíces mexicanas, pero algunas generaciones de ciudadanos norteamericanos no necesariamente tenían y tienen padres mexicanos, sino que muchos provenían de algún país de Centro o Sur América.

Asimismo, el término Chicano tenía una connotación política, y a mucha gente común y corriente no le gustaba compartir un término intrínsicamente ideológico y político.

En consecuencia, como tratando de resolver este problema agudo de la identidad, he estado utilizando el término de latino-estadounidense en mis escritos para identificar a aquellas personas norteamericanas cuyas familias provienen de algún país latinoamericano. En otras palabras, una persona latina-estadounidense es un ciudadano norteamericano (de nacimiento o naturalizado) que tiene raíces latinas. Mientras que una persona latina es una persona que reside en Estados Unidos pero todavía conserva la nacionalidad de su país de origen.

A pesar de que el concepto de latino-estadounidense no resuelve totalmente la disyuntiva de la identidad, por lo menos hace justicia a aquellas personas, como mi niña, que se consideran norteamericanas; y al mismo tiempo quieren hacer lucir sus rasgos culturales latinoamericanos.

Dr. Humberto Caspa es profesor adjunto en la Universidad Estatal de California, Long Beach. E-mail: hcletters@netzero.com

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