July 6, 2007

Comentario:

Amigos hasta la muerte

Por Humberto Caspa, Ph.D

Después de todo, el apodo de “Scooter” le chanta como un guante a Lewis Libby. Como un motociclista escurridizo que transita por las autopistas congestionadas del sur de California, “Scooter” Libby se burló del sistema jurídico norteamericano y quedó libre de pecado a pesar de que las leyes lo hallaron culpable por mentiroso y por obstruir a la justicia. Su amistad con el Presidente George W. Bush valió en lingotes de oro.

Durante la contienda electoral del 2000, cuando Bush y Gore se enfrentaron por a la presidencia, un conocido actor de cine dijo en una entrevista televisiva, “Bush es la persona ideal para tomarse una cervezas en el bar de la esquina”. Este comentario es elocuente para destacar el valor del presidente con los amigos.

Yo creo que de muchas cosas se le puede acusar al Presidente Bush, pero no de abandonar a sus aliados en momentos críticos. Otros presidentes, como Richard Nixon, Ronald Reagan o Bill Clinton, hicieron lo contrario. Cambiaron rápidamente uno por uno a miembros de su gabinete ministerial una vez que sintieron que ya no les convenía mantenerlos.

Los puestos de jerarquía en el gobierno son muy codiciados por los políticos aliados del presidente. Sin embargo, son también posiciones que le sirven de chivos expiatorios al mandatario norteamericano. Cuando la coyuntura política no pinta de buenos colores y cuando parece no existir salida a un problema, el presidente normalmente exige o solicita la renuncia de uno de sus asociados políticos de jerarquía.

Meses atrás el presidente Bush decidió sacar a Donald Rumsfeld de la Secretaría de Defensa para mitigar las críticas en torno a la Guerra con Irak. A diferencia de otros presidentes, Bush esperó muchos años, tuvo que pelear varias veces con sus enemigos políticos y contra la sociedad norteamericana, antes de solicitar su puesto. Dio muchas oportunidades al ex secretario de defensa. Es decir, Bush respondió como amigo casi hasta la muerte, a pesar del tremendo daño que le estaba haciendo a todo un país.

Lo mismo sucedió con el procurador de Justicia Alberto R. Gonzalez. Recientemente fue puesto en la silla de los acusados por su participación en el despido de unos jueces federales en forma injustificada. Los medios de comunicación se fueron en contra de él y su enemigos políticos –republicanos y demócratas— en el Senado hicieron man-cuerna para sacarlo del gobierno.

A pesar de la magnitud de críticas en el gobierno y en la sociedad civil, Gonzalez perduró. Pero no lo hizo por convicción propia, debido a que su puesto ya no estaba en sus manos sino en la del presidente Bush. Fue el presidente quien lo abalanzó a sus brazos y lo cobijó entre su manto político. Al final, sus contrincantes y los medios de comunicación se cansaron de pedir la renuncia de Gonzalez y decidieron poner un punto aparte al conflicto de los jueces federales. Bush no abandonó a su amigo, aunque en el proceso, dejó a la procuraduría de justicia tambaleante.

Días atrás el presidente Bush dio una orden de perdón a la sentencia de dos años y medio en la cárcel a “Scooter” Libby, ex jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney. Recordemos que Libby fue quién delató a los medios de comunicación la identidad de la ex agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) Valerie Plame como una medida de venganza porque su esposo, Joseph C. Wilson IV, había criticado al gobierno de Bush por inventarse de que el ex gobierno de Sadam Husein había tratado de comprar ojivas nucleares en África.

Los medios de comunicación y los contrincantes políticos pusieron a Libby en el ojo del huracán. Cómo el conflicto pasó a los estratos legales del sistema, el presidente Bush pudo hacer muy poco para defenderlo.

“Scooter” Libby fue hallado culpable por un juez federal. Empero, su culpabilidad no fue por su original pecado sino porque, en el proceso del conflicto jurídico, Libby mintió a las autoridades del FBI y, por lo tanto, obstruyó un proceso de enjuiciamiento.

De todos modos, Bush nunca se rindió ante sus contrincantes. Con un poder que le adjudica la Constitución del Estado, el presidente prácticamente condonó la sentencia de “Scooter Libby”. Otro de sus amigos estaba a salvo, pero no el grueso de la sociedad norteamericana.

Dr. Humberto Caspa es Profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. E-mail: hcletters@yahoo.com

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