January 19, 2007

Justicia Imperial y Castigo

La muerte de Saddam Hussein es parte de la politica imperial bajo el disfráz de justicia

Por Eduardo Stanley

A fines de la década del 70, mientras estudiaba en Europa, conocí algunos estu-diantes iraquíes. Uno de ellos, con quien establecí una cordial amistad, me explicó su imposibilidad de regresar a visitar a su familia por ser afiliado al partido comunista. “Activistas de izquierda son constantemente ahorcados y ultimamente la situación está empeorando”, me comentó entonces. El encargado de la repre-sión era un tal Saddam Hussein, quien tomaría el control del gobierno pocos años después.

Le pregunté por qué no había reacción internacional, denuncias por abusos a los derechos humanos. Me respondió que Hussein tenía apoyo de Estados Unidos, y por lo tanto las protestas eran consideradas “propaganda comunista”. Un par de años después, mi amigo renunció al partido comunista por desacuerdos políticos, pero aún así no podía regresar a su país.

Durante la Guerra contra Irán (1980-1988), el ya consolidado régimen de Hussein recibió considerable apoyo de Estados Unidos y países árabes pronorteamericanos—como Arabia Saudita y Kuwait. Con menor razón pudieron escucharse las voces que se levantaron contra la represión interna en Irak, incluyendo contra minorías étnicas, como los Kurdos. El campeón de la democracia occidental hizo oídos sordos—como siempre cuando le conviene.

En 1989, George Bush ordena la invasión de Panamá para arrestar al gobernante Manuel Noriega, a quien acusa de narcotráfico y lavado de dinero. Noriega había sido colaborador de la CIA y hasta había sido felicitado por la DEA por apoyar la lucha contra el tráfico de drogas. La acción militar costó más de 2,000 víctimas entre la población panameña sin que Wa-shington se inmute o la prensa “libre” del país invasor se ocupe del caso.

Esto parece haber establecido cierto precedente—o tradición familiar—sobre cómo resolver militarmente rencillas personales con ex amigos que se niegan a seguir obedeciendo a Washington o a ciertos intereses.

Efectivamente, en 2003, el hijo de aquel presidente Bush también decide invadir un país para ajustar cuentas con otro ex colaborador o cómplice de Estados Unidos, Saddam Hussein. Tanto Hussein como Noriega criticaron duramente a Washington y esto, proveniendo de antiguos “compañeros de ruta”, parece inaceptable para el imperio.

Poco después de ganar dudosamente las elecciones del año 2000, la retórica del conservador George W. Bush traía vientos militaristas. El ataque a las Torres Gemelas del 2001 por parte de un grupo de jóvenes árabes, dejó con las manos libres a Washington para ampliar su política militarista e invasora. El comunismo y la Guerra Fría dejaban paso a la Guerra contra el Terrorismo.

La desaparición de la Unión Soviética, a comienzos de la década de los 90, dejó a Estados Unidos como única superpotencia. Pero también dejó un importante vacío: la excusa para mantener el formidable aparato militar y de espionaje norteamericano. Muchos analistas se preguntaban entonces cuál sería el próximo hombre o causa “mala”, la “amenza” contra la democracia contra la que habría que apuntar las armas—y desarrollar nuevas. No hubo que esperar mucho.

Las excusas para la invasion a Irak pasó de su aparente posesión de armas de “destrucción masiva” (no las tenía), a “liberar” a los iraquíes de Hussein (¿alguien les preguntó a ellos?), hasta la más reciente, por ser reducto de terroristas (que llegaron o surgieron después que entraron las tropas norteamericanas).

Como era de esperarse, al ser capturado vivo Hussein, se lo entregó a un tribunal formado por quienes lo odiaban—hay que reconocer que ese señor tenía una muy larga y nutrida lista de enemigos. Y aunque los crímenes de Hussein son numerosos, la aplicación de justicia por parte de un tribunal que responde a un gobierno creado por un país invasor y al cual responde, no puede ser equitativa. Sin embargo, la propaganda estadounidense realizó esfuerzos notables para presentarla así.

Se lo halló culpable de apenas 142 muertes. Durante el juicio, nada se dijo de los asesinatos de opositores que cometió con la bendición tácita del imperio ni del apoyo del mismo durante la Guerra contra Irán, que le significó acceso a tecnología usada luego contra opositores. A diferencia de otros dictadores, como es el caso de Augusto Pinochet en Chile, tanto Noriega como Hussein fueron atacados por el imperio no por sus abusos de poder o crímenes impunes (recuérdese el caso Pinochet y las restantes sangrientas dictaduras sudamericanas durante los 70s y 80s, todas apoyadas por Washington) sino por romper un código de complicidad política imperial: no muerdas la mano que te dá de comer—o que te ayuda a llegar al poder y ejercerlo en beneficio de nuestros intereses.

Hussein no fue entregado a un tribunal internacional para ser juzgado por sus crímenes. Su juicio fue más un acto de castigo, de revancha por haber roto aquellos códigos. Queda por ver si algún día veremos a algún tribunal juzgar los abusos de gobiernos que invaden y destruyen paises para beneficios corporativos, disparatados sueños y ambiciones mezclados con tintes religiosos, creando una sensación de Crusada permanente.

Esta justicia es en realidad parte del concepto occidental del castigo, sentimiento y acción de revancha contra quien se opone a la autoridad, contra quien traiciona un acuerdo o alianza de intereses y sentimientos. Castigo de carácter paternal y cristiano. Dos de los pilares de la llamada cultura occidental. No cabe duda que estamos ante otra Crusada (o la continuación de ellas).

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