January 19, 2007

Comentario:

El fantasma de la deuda externa

Por Humberto Caspa, Ph.D

El presidente George W. Bush se está quedando solo. Los congresistas del partido Demócrata lo dejaron abandonado con un plan en Irak que no va ni atrás ni adelante. Algunos republicanos ya demostraron su impaciencia, ahora empiezan a desampararlo. La animosidad contra Bush no termina aquí, sino que continua en América Latina.

Recientemente se formalizó, casi oficialmente, un club de mandatarios latinoamericanos que están dispuestos a desenmarañar los acuerdos y tratados del pasado entre sus países y los Estados Unidos. En su discurso inaugural, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, aseguró a sus compatriotas que buscará formas de renegociar los 10,000 millones de dólares de deuda externa con otros países. Una gran parte de esos compromisos tienen el sello de empresas financieras estadounidenses.

Según la historia, los gobiernos dictatoriales de la década 1960 y 1970 fueron los precursores de la deuda externa en América Latina, aunque sus raíces se extienden años o probablemente siglos atrás.

Durante los 60s y 70s, las empresas financieras norteamericanas, una vez de quedar abarrotados de dinero después de la bonanza económica que produjo la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea, sintieron la necesidad de sacar sus dólares a otros países para no crear inflación en el mercado estadounidense y también para generar más capital. Muchos dólares fueron a caer a las manos de dictadores militares latinoamericanos.

En ese periodo, las transacciones financieras se hicieron virtualmente en forma directa. Es decir, un agente de un banco norteamericano podía fácilmente ceder préstamos a un gobierno latinoamericano. En este caso a un régimen autoritario.

Durante la década de 1970, cuando América Latina estaba infestada de militares y dictadores, la deuda externa se multiplicó. Los millones de dólares que ingresaron a los mercados creó una ambiente ilusorio de desarrollo económico y estabilidad en la región.

Ese crecimiento era ficticio y estaba predestinado a perecer de una manera abrupta. Ese día llegó en el año 1982. Los nuevos gobiernos democráticos de América Latina pagaron los platos rotos. No pudieron con la deuda estrafalaria contraída por los dictadores de la década anterior. Muchas administra-ciones se declararon en banca rota. No les alcanzó dinero para solventar los gastos de la sociedad, mucho menos para pagar los intereses de sus deudas. A ese periodo se le conoce como la crisis de la Deuda Externa.

Para evitar ese tipo de abusos, la comunidad económica mundial, de la mano del gobierno de Estados Unidos, creó una serie de requisitos que impidieron a los bancos transnacionales prestar directamente a los gobiernos latinoamericanos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se convirtieron en los intermediarios de las transacciones entre las instituciones financieras mundiales y los gobiernos nacionales.

Cualquier préstamo hacia un país de América Latina forzosamente tenía que tener el visto bueno de una de estos organismos internacionales. El FMI cedía dinero inmediato a los gobiernos en crisis, mientras que el Banco Mundial prestaba dólares para cuestiones de desarrollo.

Durante la década de 1980 y 1990, conocida comúnmente como el periodo neoliberal, muchos gobiernos latinoamericanos nuevamente apostaron por el camino de los préstamos para mitigar las crisis económica producidas por el desfalco de las empresas privadas. Por ejemplo, durante la crisis del “tequila” de 1994, México acudió al FMI y al gobierno norteamericano para sacar a flote su problema.

Muchos gobiernos operaron de la misma manera. Se prestaron para pagar sus deudas y no crearon programas de desarrollo.

Hoy, el nuevo gobierno de Ecuador revivió el problema de la deuda externa. La economía de muchos países latinoamericanos ya no está en condiciones de amortizar sus compromisos con el FMI y las financieras norteamericanas. El poco dinero que producen sólo sirve para solventar los intereses.

Así, la situación de la deuda es muy complicada y no existe una varita mágica para resolverla. Empero, el presidente Bush tiene una gran oportunidad para reducir su impopularidad y recuperar la confianza de la región latinoamericana.

El camino del diálogo está en sus manos. La renegociación de la deuda externa es una necesidad imperiosa para la estabilidad económica de América Latina y para una relación más fructífera entre esta región y Estados Unidos.

Dr. Humberto Caspa es Profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. E-mail: hcletters@yahoo.com

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