January 05, 2007

Con un estilo muy especial

Guillermo del Toro cuenta su “Laberinto del Fauno” como tan solo un latinoamericano podría

Por Jose Daniel Bort

Lo más interesante de la última entrega del cineasta Guillermo del Toro al mundo del cine es la fusión de sus elementos, y como un creador con un gentilicio particular puede recrear sus pasiones en una visión que tan solo podría venir de Latinoamérica.

Quizá estoy sangrando por la llaga, pero creo que de la misma forma como un americano sentiría “El laberinto del fauno” como una de las películas más exóticas que podría ver, un latinoamericano puede identificarse vividamente con la historia que cuenta de sociedades alienadas por gobiernos extremistas y sobre imaginerías de cuentos de hadas, huecos en los árboles y figuras taurinas.

Así, el fauno deja de ser tan cabrio y se convierte en un potente animalucho cachondo con semblante humano, quien obliga a Ofelia, nuestra protagonista, a enfrentar sus mayores miedos en la mitad del nacimiento de la España franquista. Una analogía de los tiempos modernos y lo que se nos avecina con la guerra del terror, visto desde los ojos de un gran creador mexicano.

Siguiendo su mezcla de historias fantásticas con ensayos de miedo futurísticos, Del Toro se ha ocupado en crear una mitología propia, que cuando está alejada de las garras de Hollywood se siente mucho más genuina. Aquí se establece en todo su esplendor, con la capacidad de crecer hasta convertirse en algo sencillamente original.

Todavía no estamos ahí. Le falta a Del Toro un pulso más seguro como director, y un adecuado manejo del ritmo a través del movimiento de cámaras y su edición. Como contador de historias, a Del Toro todavía le falta el garfio americano de persuasión, aquel con el que se toma al público por el cuello y no lo deja dormir toda la noche.

Esto llegará muy pronto, ya que cada vez que Del Toro sale al ruedo su técnica narrativa se enaltece. El laberinto es equivalente a dos orejas, pero todavía le falta a Del Toro la cola y la pata.

Lo que no implica que esta película no sea un festín a los sentidos, una golosina que se deshace en la boca, una mezcla de humor y terror en el camino de la verdadera originalidad y la mejor película del Autor, con mayúscula.

Para entrar al Laberinto, la audiencia debe ponerse en los zapatos de la niña, y dejar su descreimiento en la entrada del túnel oscuro. Tan solo así podrá participar de la aventura. Es un reto grande para la audiencia, que no está acostumbrada a que la traten así. Si no está preparado para dejar los zapatos en la puerta y mancharse los pantalones de barro, es mejor que no vaya a ver esta película.

El Laberinto cuenta con un diseño de producción impecable y la mejor cinematografía del año, que debería ser reconocida por todos los premios, incluyendo los Oscares. Los actores españoles están muy bien en sus personajes. Este es un manjar de final de año, que merecía ser lanzado con más bombos y platillos.

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