February 16, 2007

Recuperar las raíces del juego

Por Carlos Miguélez

“El fútbol es un juego antes que un producto, un deporte antes que un mercado, un espectáculo antes que un negocio”, declaraba la leyenda del fútbol francés, Michel Platini, al ser elegido nuevo presidente de la UEFA con la idea de devolver al fútbol su esencia. Para preservar el “único fútbol que existe, el que une a las personas”, protegerlo de amenazas creadas por intereses ajenos al juego.

Pocos días después de las palabras del ex jugador francés, los medios de comunicación de todo el mundo hicieron circular la fotografía de un policía que perdió la vida en un “clásico” de la liga italiana. El torneo quedó suspendido durante toda una jornada y se reanudará a puerta cerrada para evitar nuevos brotes de violencia. Sin público, las palabras de los jugadores y el sonido del balón se escuchan como el eco de una persona que grita en unas montañas solitarias.

Si no cambiamos el ritmo actual de los acontecimientos, el deporte no dejará de ser un mero entretenimiento para unas “masas”, que en realidad no existen. Se trata de un encuentro entre personas que acuden a unas gradas o se sientan frente al televisor en sus casas o en un bar no sólo para ver a su equipo ganar o peder. Lo hacen para empaparse de una experiencia única y personal en armonía con un todo mientras gritan, se agarran el pelo con desesperación, ríen y se lamentan, y sobre todo se deleitan con la fuerza y la agilidad de Cannavaro o con los trucos de genios como Zidane o Ronaldinho.

La desviación del deporte no es única del fútbol ni de Europa. Y nos invita a una reflexión sobre la sociedad, los medios de comunicación, los organismos internacionales y los gobiernos que tienen en sus manos la transmisión de valores, así como la aplicación de reglas y leyes que pongan al deporte por encima del negocio y que permitan su sano desarrollo sin violencia ni corrupción.

Cada vez se dan más casos de dopaje en el ciclismo; el último Rally Dakar se volvió a saldar con muertes, además de incitar la indignación de organizaciones ecológicas; los principales clubes de fútbol italiano se vieron envueltos en casos de corrupción; el racismo, la xenofobia y la violencia no dejan de hacer acto de presencia en los estadios de todo el mundo.

Hasta el Real Madrid, que ha dado fruto a tantos notables ejemplos de heroísmo y pundonor, se ha convertido en escenario de anécdotas obscenas (fuera de escena) que conocemos gracias a los detalles que ofreció su propio presidente en una conferencia para universitarios. Algunos jugadores se llevan productos de las tiendas sin pagar y consumen en bares, discotecas y restaurantes sin abrir sus carteras mientras ganan sueldos millonarios. El mensaje es el de que ‘todo vale’ y legítima comportamientos regidos por la ley de la selva que nada tienen que ver con los fundamentos por los que se rigen el juego, la caza y las artes marciales: el honor, el respeto a las reglas del juego y el reconocimiento al contrincante.

No sólo son los deportistas. Árbitros, médicos, empresas y clubes adoptan comportamientos que hace 15 años habrían sido alarmantes. En la medida que la repetición ha amortiguado la sensibilidad, la falta de ética –lo justo y lo que da felicidad– se ha convertido en costumbre. Imperan la indiferencia y el cinismo de los medios de comunicación, que se regodean con la basura con la que dan de comer a telespectadores que se sienten cada vez más indefensos e indigestos.

En la antigüedad, los griegos iban al teatro para presenciar la catarsis del diálogo entre los dioses y los mortales más que para ver el final de la obra. Los dioses siempre ganaban hasta que los mortales empezaron a rebelarse, como lo hace Platini al luchar para recuperar las raíces del juego. Y, como decía Ortega y Gasset, que el deporte siga siendo un sustituto de la caza y de la guerra en un mundo cada vez más bélico y deshumanizado.

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