December 14, 2007

María de Guadalupe

Por Dagoberto Márquez

Ocurrió hace cerca de 500 años. 476 para ser exactos. Se dice que se le apareció a Juan Diego, un mexicano de ascendencia indígena y que sus apariciones fueron varias, no sólo una. La fecha exacta inicia un 9 de diciembre, en el cerro del Tepeyac, una loma no muy alta que está atrás de donde se erige la antigua basílica, allá en el Distrito Federal.

De acuerdo con lo que se explica, los frailes no podían creerlo y de entrada pidieron ¡...Pruebas!, evidencia de lo que el indio decía ¡...Y se las llevó!... para ingrata sorpresa de sus interlocutores. Y se dice ingrata porque, por qué desconfiar de Juan Diego si sabían que el hombre era un hombre bueno, uno bien intencionado al que conocían.

De alguna manera se entiende que la desconfianza se originaba en el hecho de que el buen hombre era “indio” según la lógica y la discriminación que existe hasta nuestros días. Pero Juan Diego no era tonto, fue y se lo confió a la virgen y la virgen se lo concedió, y le dijo: Ve y entrégaselas, y diles también que es mi deseo el que aquí se me erija un templo, un santuario, y no te preocupes por tu enfermo porque tu enfermo sanará; y sanó en efecto. La evidencia fue un gran puñado de rosas, rosas de Castilla, flores que durante esa época del año no florecían y menos allí mismo.

Y fue y se las entregó, y les dio el mensaje, tal como la virgen se lo había indicado. Y los frailes, incluido Fray Juan de Zumárraga, se arrodillaron y se conmocionaron, y no podían creerlo porque parecía imposible. Y cuenta la leyenda que la vieja tilma de Juan Diego se convirtió en un manto hermoso, en uno que reflejaba de manera perfecta la imagen de la virgen, tal como la conocemos. De acuerdo con esto el manto era en realidad un ayate, una tilma, una especie de toga, capa o indumentaria que utilizaban algunos hombres de la etnia texcocana. Y lo ocurrido trascendió, y trascendió porque fue impresionante.

La Virgen María se había aparecido en estas tierras y lo había hecho no ante los clérigos, ni siquiera ante el más noble de todos, sino ante un indígena, ante un “indio”. Eso es lo que se desprende de lo que cuenta la historia. Y a la virgen se le conoció como María de Guadalupe pues lo que ahora y desde hace tiempo conocemos como Cerro del Tepeyac antes era conocido como Cerro de Guadalupe aunque la acepción vocal era citada en náhuatl y de ahí y de lo que se relaciona con Guadalupe, (Extremadura) España la conjunción de las cosas. Y no hubo duda, se trataba de un milagro, de uno grande y portentoso porque su simbolismo obligaba a pensar en la madre de Jesús, en el espíritu de la Virgen María, la buena mujer hebrea que aún humana fue dispuesta por el Creador para dar a luz a su hijo unigénito, al hermano mayor de todos nosotros en el mundo.

Y las cosas se modificaron y desde entonces a los indígenas se les recuerda y se les recuerda bien, como originarios y descendientes de estas tierras y como originarios y descendientes de la raza de Juan Diego, el hombre que tuvo el privilegio de poder ver a la madre de Jesucristo, a la madre del Niño Jesús así haya sido en espíritu porque eso es lo que se entiende de las cosas, así haya quince siglos de diferencia entre un suceso y otro y cierta discriminación por los indígenas a casi cinco siglos de lo recordado. Y ocurrió en efecto porque el templo se construyó y dicho templo funcionó por siglos hasta que autoridades eclesiásticas y de gobierno se pusieron de acuerdo para reemplazarlo. Y el nuevo se inauguró en el siglo XX, allá por los años 70’s. Y del manto de Juan Diego, éste se protege y conserva, tras una losa de cristal de roca transparente a prueba de robos y de balas, celosamente como muchas de las reliquias guardadas por la religión católica a la cual recordamos.

¿Y sabe qué...? Hubo un documental que dio fe de lo asombroso del asunto. Dicho documento es muy serio y sus resultados asombraron hasta a los escépticos por si usted duda de las cosas. Y de los resultados se supo que de la prueba del carbono 14 se desprende que el ayate de Juan Diego sí corresponde a la época de la que se hace cita.

También fue determinante el asunto de los colores con que se identifica la imagen así como el enigma de las tinturas que no pudieron haber sido utilizadas en aquél tiempo por inexistentes aunque por otro lado se diga que la imagen pudo haber sido pintada por un artista talentoso y maravilloso del cual nomás no hay pruebas ni de su existencia ni de su perfecta y única visión. Finalmente es un enigma el reflejo existente en los ojos tristes pero piadosos de La Virgen. Y lo es porque examinados con microscopios y tecnología de punta al parecer reflejan la imagen del buen hombre al que se le apareció, lo cual da una idea de la visión que tuvo cuando su imagen se plasmó en el manto. De otros elementos en la imagen hay muchas y muy variadas lecturas. Todo esto se relaciona con una simbología medio compleja pero no incomprensible que de suyo haría muy extenso este artículo.

Estimado lector, Fina lectora, no se trata de fanatismo religioso ni de nada relacionado con cosas o asuntos que no tengan explicación. Y no se trata de cosas inexplicables porque lo que examinamos, aunque parezca sobrenatural, es de lo más “normal” si nos atenemos a cosas históricas pero también a asuntos ligados a la fe.

Un asunto vinculado con la existencia de nuestro Creador dado que de no ser por Él no habría habido ni vida en la Tierra, ni profetas, ni éxodo, ni guías, ni la tierra del Jordán. Ni diásporas tampoco, ni otras creencias, ni la venida de Jesús al mundo, ni la crucifixión llevada a cabo por romanos y judíos, ni el inicio de la religión cristiana, ni el inicio del Evangelio ni nada de lo que conocemos. Pero todo existe y lo sabemos, y no hay duda porque reliquias hay muchas, incluido en esto las ruinas del Coliseo Romano allá en la capital italiana así como otras mucho más secretas y cuidadas en El Vaticano, un Estado de suyo impenetrable porque así son las cosas de Dios. Y en toda esa vertiente, en México tenemos el ayate, la tilma que fue de Juan Diego, la prueba fiel de algo grandioso y misterioso que nos recuerda que no estamos solos aunque en la celebración del 11 de diciembre (por la noche) llega a haber excesos.

Cosas del hombre, de la imperfección humana que al calor de la fiesta nos cambia porque en la misma nos reunimos con gusto y con mucha gente y a querer o no también cenamos y tomamos vino y un poco alcohol. Y no puede ser de otra forma porque los mexicanos somos así, y más tratándose de dicha celebración: La de las Mañanitas a La Virgen. 

Por otro lado la Virgen de Guadalupe ha tenido también un lugar muy importante en la historia. Esto data desde hace casi cinco siglos y hasta nuestros días. Nuestra Madre Santísima ha servido de fuente de fe, de aliento y de inspiración así como de estandarte en obras y asuntos clave de la historia de México como lo fue cuando el Cura Hidalgo, tomándola como símbolo de unión de los mexicanos, la llevó al frente de la insurrección para proceder y combatir contra quienes mal gobernaban.

En esta misma lógica y así sea para recordar cómo fueron las cosas, tenemos que fue Juárez, el presidente Benito Juárez quien decretó que el día 12 de diciembre pasaba a ser día de fiesta para los mexicanos, ésto en honor de La Virgen hoy por todos recordada. Y para que no haya duda del respeto que en México se ha sentido por la Madre Nuestra, una nota más: Alguna vez, estando fuera de México el ex presidente López Mateos, la prensa le preguntó si la imagen de la Virgen de Guadalupe podría ser parte de un intercambio cultural.

El entonces presidente contestó: “No, la imagen de la Virgen de Guadalupe no está sujeta a intercambio alguno, la imagen de la Virgen de Guadalupe pertenece al pueblo creyente de México”. En otra ocasión y toda vez que se insistió, éste contestó: “La imagen de la Virgen de Guadalupe no es considerara una obra pictórica porque las manos que la pintaron no son de este mundo. La imagen de la Virgen es sin duda la reliquia más valiosa del género religioso que existe en México” ...lo cual apacigüó las inquietantes preguntas que fuera del país, aunque sin malicia, habían sido formuladas dado que la Virgen María de Guadalupe es conocida mucho, mucho más allá de nuestras tierras. 

De manera que felicitémonos porque la hija más querida de nuestro Creador está con nosotros y porque sin su manto y sin su protección nada sería igual. Dicho sea esto con respeto por quienes sufren pues los destinos de las personas no son un asunto que pueda ser modificado ni al arbitrio ni en virtud de una determinada y única voluntad. Pero sí, la Virgen María de Guadalupe es nuestra deidad, la más querida por nosotros los mexicanos, una buena y condescendiente aunque ocasional o recurrentemente nos portemos medio mal. Y hay que alegrarnos de su existencia porque por virtud y presencia de la Patrona de América Latina y aunque al margen de los muchos problemas que ahora vivimos, hasta los que somos medio ateos ¡Somos Guadalupanos! ...como bien se dice en el argot popular.

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