August 10, 2007

Purépechas en Rosarito

Por Luis Alonso Pérez

Parte 1

La sangre indígena se hereda al nacer, pero las costumbres se transmiten de generación en generación. En ocasiones a traves de textos, pero casi siempre de forma oral.

Por desgracia, si una tradición no es practicada por un individuo o una comunidad, tiende a olvidarse y corre el riesgo de desvanecer.

Esa es la triste realidad para un gran número de indígenas mexicanos que han migrado a las principales ciudades del país o a Estados Unidos, donde el aislamiento de sus comunidades, la asimilación de una nueva cultura o la falta de condiciones apropiadas para la práctica de sus tradiciones, resulta con frecuencia en una pérdida gradual de su cultura.


Pescador regresa a Janitzio.

Sin embargo, existen comunidades de indígenas migrantes tan numerosas y consolidadas, que son capaces de preservar sus tradiciones y continuar con la práctica de sus costumbres, imitando o adaptándolas al nuevo entorno social.

Tal es el caso de la comunidad purépecha de Rosarito, Baja California, que por más de una década ha logrado mantener vivo su lenguaje y sus coloridas tradiciones familiares, religiosas, artísticas y culinarias.

Más de 200 familias purépechas originarias de Janitzio, Michoacán, que en su mayoría habitan la colonia Constitución han permanecido unidas y han trabajado arduamente por transmitir su cultura a las nuevas generaciones y compartirla con el resto de la sociedad.

“Somos un pueblo muy especial. Nos gusta el trabajo, nos gusta el respeto y además sabemos cómo movernos en el mundo” expresó el Dr. Ireneo Rojas, un indígena purépecha de Cherán, Michoacán, y reconocido catedrático e investigador de su cultura natal.

Los orígenes

Janitzio es una isla ubicada en el lago de Pátzcuaro, hogar para 700 familias que por siglos subsistieron de la pesca, pero ahora viven del turismo y las remesas enviadas desde Estados Unidos.

Michoacán, en particular la isla de Janitzio, es la cuna de algunas de las tradiciones más importantes de México, como la danza de los viejitos y la celebración del Día de Muertos.

Pero también es uno de los principales estados expulsores de migrantes, que dejan sus hogares en busca de mejores oportunidades para su futuro y el de sus familias.

Desde mediados de la década de los setenta, el crecimiento y desarrollo de las comunidades de la zona lacustre modificaron el medio ambiente, lo que tuvo un impacto severo en los recursos naturales y las especies marinas.

Como consecuencia, la pesca y la economía local comenzaron a bajar drásticamente, orillando a una gran cantidad de hombres jóvenes y jefes de familia a migrar hacia las ciudades de México o Estados Unidos.


Purépechas en la frontera

Los primeros janitziences en llegar a Baja California se establecieron en Tijuana, conocida en todo el país como una ciudad creciente y próspera con muchas oportunidades de trabajo y trampolín hacia California, uno de los destinos más anhelados para los migrantes mexicanos.

Uno de los primeros en emigrar fue Feliciano Justo, quien a sus 42 años decidió seguir los pasos de su paisano Agapito Graviel y mudarse a la esquina noroeste del país.

Feliciano trabajaba por las noches vendiendo cigarros en los bares y cantinas de la Zona Norte de Tijuana. Al año arribaron sus hijos y su esposa, quien ayudaban a la economía familiar vendiendo elotes asados en los parques del centro de la ciudad.

Lo único que mantenía firmes a Feliciano y su esposa durante los tiempos difíciles era la esperanza de ahorrar lo suficiente para regresar a su isla natal y abrir un negocio propio.

El arribo de paisanos y familiares aminoraba la nostalgia y los ayudaba a sentirse un poco más en casa.

Las piñatas

Con el paso de los años Feliciano logró hacer buenos amigos, entre ellos un hombre llamado Federico López que fabricaba piñatas y las vendía en las tiendas de curiosidades de la avenida Revolución.

Un día el señor López, preocupado por la precaria situación económica de la familia Justo, enseño a Feliciano a hacer piñatas y lo motivó a seguir con el oficio, ya que el producto era bien remunerado.

Al poco tiempo Feliciano y su esposa ya hacían piñatas en forma de toritos, estrellas o pasteles y las vendían a compradores estadounidenses, quienes exportaban las piñatas y las comercializaban en el sur de California.

El conocimiento también fue transmitido a sus parientes, quienes a su vez se convertían en instructores de sus familias y en nuevos productores de piñatas, propagando el oficio y compartiendo el trabajo entre los purépechas ya establecidos y los recién llegados.

Rosarito. Un nuevo hogar.

Cansado de tener que destinar sus modestas ganancias al pago de la renta, Feliciano Justo decidió salir de la Zona Norte de Tijuana y mudarse a Rosarito, donde construyó una casita humilde para su familia en un terreno que ahora forma parte de la colonia Constitución.

“Todo lo que ahora es esta colonia era puro huizache (arbustos) y en la parte de abajo se sembraba cebada”, recuerdan Feliciano y su esposa. “No había ninguna casa más que la nuestra.”

El acelerado crecimiento de la región y el accesible costo de las propiedades hicieron que la colonia Constitución se convirtiera en el nuevo hogar de muchos parientes y paisanos de los Justo.

Las familias finalmente contaban con un hogar propio y espacio en casa para la elaboración de las piñatas.

Con el paso del tiempo y el constante arribo de nuevas familias janitziences hicieron de la colonia Constitución un nuevo hogar.

“Es como si un pedazo de Janitzio hubiera sido arrancado y puesto aquí”, expresó Catarino Pedro, uno de los primeros pobladores de la colonia.

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