August 3, 2007

México del Norte
Por Jorge Mújica Murias

Puercos y Porquerías

  Como buenos mexicanos, los ciudadanos de México del Norte somos afectos a los buenos chorizos, salchichas, manitas de puerco, chuletas de lo mismo, costillitas, y no se diga un buen tocino. Pero no se preocupe el lector, que esta columna no es exclusiva para vegetarianos, y no vamos a ponernos a hablar sobre los daños y peligros que trae consigo la carne de puerco.

De lo que si vamos a hablar, es de la sangre (no la moronga) que le está costando a una bola de compas producir una serie de alimentos particulares basados en el puerco.

Como dicen los buenos corridos, corría el año de 1992, cuando una compañía de alimentos decidió abrir la planta más grande procesadora de puercos en el mundo. Por ponerla en algún lado de Estados Unidos, la pusieron en un lugar con un nombre raro, Tar Heel, en el estado de Carolina del Norte.

Cuando uno se acerca a Tar Heel se acuerda de La Piedad de Cabadas, en Michoacán, porque comienza a oler bastante similar. Y no es casualidad. Los dos lugares tienen más o menos la misma cantidad de puercos, nomás que en La Piedad se crían, y en Tar Heel se matan. De creerle a la propaganda de la planta, ahí mueren unos 32 mil puercos al día, y se convierten en productos procesados que terminan en los anaqueles de los supermercados en todo el país y, últimamente, en nuestras barrigas (y si le creemos a los doctores, en nuestras venas y nos hacen gordos, viejos, nos dan ataques al corazón y demás).

La  planta, pa’ no mantener más el suspenso, es Smithfield Parking, Inc., y el problema con ella no son sus productos, sino que parece que también en la administración está llena de puercos.

Por obviedad, en estos días y años, Smithfield está llena de… latinos, claro, con y sin papeles, y ciudadanos y demás, hasta un total aproximado de 5 mil que destazan puercos todos los días. Y como también es obvio, estos trabajadores son explotados en extremo, en comparación a cualquier otro carnicero de este país, y se cometen contra ellos cualquier cantidad de porquerías todos los días.

¿Y la moronga es de quién?

A los dos años de abrirse la planta, los trabajadores estaban hartos, se comunicaron con el Sindicato de Trabajadores de la Carne y Supermercados (UFCW), y demandaron representación sindical. Obviamente, Smithfield violó todas las leyes y procedimientos posibles para evitarlo (hasta apagar la luz cuando se contaban los votos), y el sindicato perdió.

Tercos, los trabajadores pidieron una nueva elección en 1997, nomás para ver repetidos todos los trucos sucios por parte de la compañía. Pero de meter las patas se aprende, y los trabajadores demandaron la anulación de la elección. Se tardaron nomás tres años, pero la ley les dio la razón… por un rato, porque la planta contrademandó, y pa’ que no se repitieran los “problemas” sindicales, creó su propio departamento de policía, que en el año 2000 fue acusada por la organización Human Rights Watch (Vigilancia de Derechos Humanos), de intimidar, ejercer coerción, amenazar, discriminar y asaltar a los trabajadores que apoyan al Sindicato.

La vida continuó “normalmente” en Springfied, con intimidaciones, despidos ilegales, denuncias a la Migra de trabajadores indocumentados y demás, hasta que el año pasado una corte federal acusó a Smithfield de haber violado la ley durante 14 años.

Mientras tanto, la sangre de los trabajadores se está mezclando, literalmente, con la de los puercos procesados cada día en Smithfield. En el 2003 hubo “solamente” 318 accidentes de trabajo, prácticamente uno al día de lunes a viernes, y el número subió a 421 en el 2005. En 2006 “apenas” se reportaron 663 accidentes, “apenas” un aumento de más del 200 por ciento en tres años, “apenas” 3 al día de lunes a viernes.

Ahora el sindicato ya sabe que no puede haber una elección en Smithfield, y lo que pide es un reconocimiento patronal, es decir, que el patrón acepte que el Sindicato existe y punto. Smithfield ahora anda repartiendo volantes diciendo que “el Sindicato no quiere que haya elecciones libres y secretas”.

Pero mientras son peras o son manzanas, de seguro son puercos y la moronga lleva sangre de los trabajadores de Smithfield. Para presionar, el Sindicato de Carniceros pide a la comunidad latina que se fije en las etiquetas (no solo por el colesterol y la grasa), y que deje de comprar productos de Smithfield. Cinco mil trabajadores inmigrantes se lo agradecerán.

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