April 13, 2007

Comentario:

Limites de la libertad de expresión

Por Humberto Caspa, Ph.D

Yo creo que muchos escuchamos los comentarios ofensivos de Don Imus, presentador de radio de radio CBS y la cadena de MSNBC. Este señor llamó a unas jugadoras de basketball de la universidad de Rutgers “mujerzuelas de cabello enmarañado”.

Lo anterior son palabras reveladoras que, por cierto, sorprenden a muy pocos, debido que existe una serie de programas de radio (de derecha e izquierda) que se han hecho muy populares en el país por su tono peyorativo hacia los grupos minoritarios, ya sean estos económicos, de raza, género o etnia, edad, etc.

Tales programas como el “Show de John and Ken”, o sitios cibernéticos racistas como el New Nation News y los programas sexistas y machistas de “José Luis Sin Censura” y “Howard Stern”, entre otros, se cubren con el manto de la Primera Enmienda constitucional, el cual “prohíbe al Congreso a establecer una religión, obstaculizar la práctica libre de una religión, o impedir el ejercicio libre de la libertad de expresión, prensa, organización y de petición”.

El racista número uno de la ciudad de Costa Mesa, Martín H. Millard, que por unos años fue parte de una comisión en el gobierno del Alcalde Allan Mansoor, uno de sus máximos aliados, tuvo la desvergüenza de comparar a las poblaciones Latinas y Latino-estadounidenses con “cucarachas”, “termitas” y otro tipo de bichos repulsivos y dañinos.

Lo mismo sucede con Howard Stern, presentador de un programa popular de radio privada. A las mujeres –blancas, negras, Latinas, o de cualquier otra etnia o nacional— las trata como si fuera un objeto sexual; o mejor dicho en términos económicos, como una mercancía del mercado que el hombre puede disponer o comprar de acuerdo a sus potenciales financieros y gustos.

En el programa de “Ken and John”, los asaltos contra las comunidades minoritarias, particularmente contra los trabajadores indocumentados, son incontables. La retórica anti-inmigrante de estos dos personajes, por ejemplo, sirve nada más ni nada menos para desensibilizar el alma de sus radioescuchas y para condicionarlos a tomar proposiciones radicales. Hasta ahora lo han hecho con bastante éxito.

Los que abusan de la Primera Enmienda constitucional no sólo provienen del ala derecha de la plataforma política, sino también de su lado izquierdo. Existen individuos, grupos y negocios dentro de las comunidades minoritarias que utilizan el derecho de la libertad de expresión como un mecanismo idóneo para propagar con descaro un lenguaje burdo y denigrante contra su propia gente o contra otros grupos sociales, económicos o de otra índole.

El nuevo giro musical de algunos “rapistas” de cantantes afroamericanos y “reguetoneros” Latinos y Latino-estadounidenses, entre otros, encarnan un lenguaje vicioso que no solo, en muchos casos, denigra a la mujer, sino también la victimiza, condicionando en los jóvenes que escuchan esta música, especialmente a los varones, a nuevas formas de sexismo y machismo. Esta conducta lamentablemente es reflejado en el hogar y en otros sistemas sociales.

Los mismo sucede con los programas de “José Luis sin Censura”, “Laura de América”, incluyendo el “Cucuy de la Mañana”, quienes por cuestiones de ratings promueven estereotipos infundados de la propia gente latinoamericana.

Estoy de acuerdo que la libertad de expresión es uno de los baluartes de las sociedades abiertas y progresivas. Sin embargo, cuando esa progresividad es afectada por el abuso, precisamente, a ese derecho constitucional, el gobierno –la institución que tutela los derechos de quienes componen el Estado— debe hacer justicia a quienes son directamente afectados. No lo digo yo, lo dice la Cuarta Enmienda Constitucional, el cual exige al gobierno a la “protección a su gente de manera ecuánime y de acuerdo a ley”. Este derecho también está resguardado por los Derechos Civiles, misma que “exige al gobierno a garantizar la igualdad ciudadana y a su protección contra formas de discriminación de otros ciudadanos, grupos y agencias del gobierno”.

Mientras tengamos a gente como Don Imus en los medios de comunicación, nuestra sociedad se seguirá alimentando de una cultura que destruye el progreso y coadyuva al refortalecimiento de aquellos hitos que mantienen a algunos sectores sociales subyugados. Es tiempo que nos demos cuenta de esos problemas, para evitar, por lo menos, una vergüenza personal.

Dr. Humberto Caspa es Profesor adjunto en la Universidad Estatal de California Long Beach. E-mail: hcletters@yahoo.com

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