May 12, 2006

A Esa Mujer

Por Alfredo Ortega-Trillo

El otro día una mujer llevando al hijo empujaba un carrito en el supermercado. Ya has visto la escena tantas veces. Ella, en lugar de limitarse en silencio a la simple tarea material de llenar el carro y pagar, entabla conversación con el chico que supongamos se llama Juan Ignacio:

“De este no vamos a llevar hoy Juancho, la otra vez a tu hermano le salieron ronchas... y ya veremos si el Napo se come esto”. Y tú no puedes saber que a Franco —el hermano—le pican unos mosquitos por las noches a causa de una ventana que no cierra bien ni que Juan Ignacio tiene un perrito chihuahua que se llama Napoléon, al que el niño está enseñando para que haga sus necesidades en un cuadrito de arena en la esquina del cuarto junto a unas cajas.

Pero oyes a la mujer hablar y te das cuenta que así como va por los pasillos de los enlatados hablando con el hijo sobre el destino que llevará aquello que se compra, relacionando cosas, personas y circunstancias, va también, a lo largo de toda la vida, humanizando el mundo con sus observaciones y comentarios; suavizando en el filtro de su sensibilidad todo lo que pasa por su corazón y por sus manos.

Y entonces recuerdas haber leído alguna vez que una tal Simone de Beauvoir proponía en Francia que la mujer huyera de la “trampa de la maternidad”.

Mientras haces la fila para pagar piensas que el engaño del feminismo fue haber hecho creer a la mujer que la maternidad era un obstáculo para su realización personal, como si esa realización hubiera estado garantizada exclusivamente en los rascacielos —tal vez detrás de un escritorio— y no junto a la cuna donde se viene meciendo desde hace siglos el futuro de la humanidad.

Te preguntas si, en todo caso, la sociedad, lejos de menospreciar la maternidad no debería más bien —reconociendo el alto servicio que ella le ofrece por sus contribuciones a la especie—, otorgarle mejores fórmulas laborales traducidas en beneficios de variada índole.

A fin de cuentas, ponderas —mientras te diriges a tu coche con tu caja de granola—, nadie puede negar que la madre, el único ser a quien una vida nueva se confía, nutre con su cuerpo esa misma vida, aún desde antes de nacer y nutre con su fe, la fe de sus hijos, enseñándoles que también son hijos de Dios.

Receptáculo natural del patrimonio de la cultura es ella, en fin, la portadora de los valores, la que los transmite educando para la vida, señalando las pautas de la altura moral a la que se deben alzar los actos de sus hijos.

Piensas de nuevo en las feministas, y lo que podrían haberse ahorrado haciéndose a un lado para dejar pasar a la mujer que llevaba en su seno, en sus manos o en un carrito de supermercado la generación que sigue.

Prendes el radio y te enteras que es el diez de mayo ‘‘qué casualidad’’, discurres. Coincides con el locutor en que, a pesar de su poco valorado oficio, pocos estados de vida suscitan emociones tan sublimes como la maternidad.

Recuerdas que una vez copiaste unos versos ofrendados a la madre (de los más hermosos que has leído) que escribió el padre José Guillermo Mariani de la parroquia de Ntra. Sra. del Valle, en Córdoba, Argentina; los encuentras en tus apuntes de un viaje al Cono Sur, y decides compartir con tus lectores la primera estrofa:

“Tu vida floreció cuando mi cuerpo / traspasó las barreras de tu cuerpo. / Hoy mis labios florecen con tu nombre / henchido de fragancias / traspasando la aridez de esta lucha inclemente / por la vida, / que deja tantas veces el corazón afuera.

Enciende el disco en verde y pisas el acelerador; a ti también te pasa con la maternidad que las palabras te atropellan y se te quieren ordenar en verso, pero como no eres poeta hiciste mejor una canción y la quieres compartir ahora con tus lectores:

“Los invito a que la escuchen en mi página de Internet: www.myspace.com/dakore —dices—. El arreglo y la voz son de Yorch Villalobos, la música de Clayton; a mí me corresponde la letra: A ESA MUJER. Con un poco de suerte la estará tocando por mayo alguna estación de radio”. Como eres tan poco original acabas diciendo: “espero que les guste”.

Contacto Alfredo Ortega-Trillo at alfredo_91950@yahoo.com

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