June 16, 2006

¡Mundial divino tesoro!

Por Ricardo J. Galarza

Borges decía no entender la pasión por el fútbol, al que consideraba —en uno de esos juicios lapidarios tan común en él— “una forma del tedio, un juego tonto, en el que 22 hombres vestidos de niños corren detrás de una pelota”.

Más recientemente, en su novela La virgen de los sicarios, el escritor colombiano Fernando Vallejo describe al fútbol como un idiotizador anestésico, capaz de obnubilar a un pueblo entero ante la crisis más severa.

De algún modo es cierto; cuesta entender al fútbol como fenómeno de masas, y como pasión que por momentos relega todo interés público, en una sociedad tan descompuesta y repleta de calamidades como la moderna. Pero así es, y no lo va a cambiar ni Borges ni Vallejo ni todos los intelectuales que son y han sido.

En el mundo de hoy, pese a quien le pese, el fútbol es el gran catalizador de sueños contra todos esos males, la gran utopía del siglo XX. Tal vez en el Renacimiento (donde seguramente Georgie y Vallejo hubieran vivido felices), lo hayan sido el teatro de Shakespeare, la lírica de Dante o el genio de Cervantes; pero hoy, nada en el imaginario colectivo resulta tan abrumadoramente liberador como cuando un simple balón traspone una línea caliza para anidarse en las redes del marco rival.

En el Mundial de Fútbol Alemania 2006, celebrándose durante las próximas cuatro semanas, éste no es un dato menor. Si el fútbol es el más popular de los deportes —y ciertamente la actividad recreativa más popular—, el mundial es la cita por excelencia, la justa máxima del balompié, el tan anhelado rendevouz con la gloria, con el que sueñan todos los jugadores y aficionados del planeta.

Cada vez que conozco a una mujer, le pregunto si le gusta el fútbol, para saber si me va a odiar cuando me clave horas con un sándwich frente al televisor como un enajenado. La respuesta es invariablemente la misma: “El mundial”. A la gran mayoría de las mujeres poco les importan los torneos locales y regionales, el fútbol de clubes, los jugadores, las estadísticas y todos esos datos inútiles con que los hombres nos llenamos la cabeza. A ellas les gusta el mundial, punto.

Y es que el mundial no discrimina; nadie escapa a la fiebre del mundial. Durante el mundial, se puede ver a las damas más recatadas gritar un gol con la euforia del vándalo más marginal de la barra brava de Boca. Es la locura. Cualquiera se pinta la cara, cualquiera se envuelve en una bandera, todos gritan, todos son felices, todos sufren, todos ríen, todos lloran; es la gran ópera de la sociedad posindustrial; es la tragedia griega, el circo romano, la feria medieval; es todas esas cosas juntas, y el espectador es la humanidad.

Según datos de la FIFA, 3.500 millones de telespectadores verán este mundial, que será el evento de mayor audiencia global en la historia. Otros 3.2 millones de aficionados verán los partidos desde la tribuna. Treinta y dos países se disputarán el título en 64 partidos. Otra vez, los favoritos son los grandes de siempre: Brasil, Argentina, Italia y el anfitrión, Alemania. Pero puede haber sorpresas; y como cada cuatro años, ningún país debe relegar aspiraciones, porque de eso se trata todo esto: de sueños e ilusiones compartidas.

Durante el Mundial USA 94, cuando la FIFA (en una sospechosa y cuestionada decisión) expulsó a Maradona del torneo, lo que más sorprendió fue una turba enardecida de miles de desarrapados que se volcaron a las calles de Bangladesh, para repudiar la decisión y exigir el retorno del expulsado. Bangladesh es uno de los países más pobres del planeta, devastado por las hambrunas y las inundaciones, y con una tradición futbolística inexistente. Pero Maradona era un rey con un pasado de pobreza; de un modo suficiente, aquellos parias bengalíes se identificaban con él. Y claro que iban a protestar, porque con aquella decisión, la FIFA les estaba robando la alegría, la magia del fútbol que los alejaba por un instante de sus existencias rotas, de sus realidades funestas, de sus miserias congénitas, de su irreparable condición de desechables; les estaba robando, en suma, los sueños.

Como en toda tragedia, hay también en el fútbol una buena dosis de liturgia, la liturgia de los relatores. Y en los mundiales alcanza su máxima expresión. Cómo olvidar aquel relato memorable de Víctor Hugo Morales en el segundo gol de Maradona contra los ingleses, en el Mundial México 86: “Maradona! Genio! Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta... y Gooooool! Gooooool! Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Barrilete cósmico ¿de qué planeta viniste para dejar por el camino a tanto inglés? Para que el país sea un puño apretado gritando, Argentina. Diegool, Diegool, Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0”.

¿De qué hablan Borges y Vallejo? ¿Quién puede negar al fútbol como gran generador de lírica, de belleza estética, de arte, de talento, de inspiración y de genio?

Claro que también es un gran negocio, y que se presta a indignantes actos de corrupción (como los escándalos millonarios en los que ahora mismo se ve envuelta la FIFA), a las mafias de las apuestas, de los contratistas, y a otros males menores.

Pero lo que no se puede negar es la incomparable capacidad del fútbol como fábrica de sueños, como gestor de ilusiones, esa insuperable capacidad para, por un instante, convertirnos a todos, sí, en niños otra vez.

La pelota está por empezar a rodar en Alemania. ¡Felices sueños!

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