June 9, 2006

Comentario:

Inmigración: Los Muros Internos en America Latina

Por Manuel R Villacorta O.

Los últimos meses han sido especialmente importantes en Estados Unidos: se debate una reforma migratoria que definitivamente, habrá de marcar el perfil de las relaciones de este país con América Latina. Quizá como muchos aseguran América Latina haya perdido importancia estratégica y económica en el mundo a partir del nuevo orden regido por el tríptico EU-Europa-China. Pero los latinoamericanos dentro de Estados Unidos han sido, son y seguirán siendo extraordinariamente importantes. Internamente por el aporte fundamental que realizan a la economía más poderosa del planeta, externamente porque cuantitativamente suman decenas de millones y en casos específicos mantienen en pie las economías de sus países como producto del envío de remesas, casos ejemplares lo demuestran: México, el Caribe  y Centroamérica.

En ese debate se escucha con insistencia la necesidad de levantar un muro de miles de kilómetros de extensión para evitar el paso de inmigrantes desesperados agobiados por la violencia, la pobreza y la cada vez más implacable falta de oportunidades en sus países. Mientras algunos consideran ese muro como una “construcción imprescindible y urgente” otros la han calificado como el “muro de la humillación”. Pero ese muro —a mi modesto crirterio— tratará por todos los medios de evitar el ingreso de inmigrantes que han sido obligados a emigrar por la existencia de decenas de “muros internos” construidos en América Latina.

Esos muros internos son invisibles como estructuras materiales, pero existen y son fatales para el progreso y el desarrollo de nuestros pueblos. Son los muros de la exclusión, de la separación social, del monopolio y cautiverio de la administración de la justicia, del apropiamiento indebido de las riquezas a través de las prácticas empresariales ilegales o la simple e histórica evasión millonaria de impuestos. Si nos parecen excesivas las actitudes de algunos congresistas y senadores, acusándolos a veces hasta de xenofóbicos, nos debería de parecer aberrante la realidad imperante en América Latina. Es común encontrar en todos los países de la región, áreas desarrolladas, pródigas en soberbios y muy modernos edificios, ubicados en zonas cuidadosamente jardinizadas, donde se ubican servicios diversos solo comparables a los existentes en los países más desarrollados del mundo. Con sus murallas invisibles, sean guardias que impiden el paso de los harapientos, o pesadas barras metálicas que permiten el paso solo de vehículos “autorizados”.

Existen también las zonas residenciales privilegiadas, rodeadas de murrallas —que sí se ven— alambre espigado de tercera generación, cableado electrificado contra “invasores”, cámaras que monitorean cualquier “movimiento o acción extraña”, guardias armados hasta los dientes, instruidos para disparar sin reserva cuando la orden de un superior así los exija. Si una vida no posee el privilegio de pertenecer al lugar, esa vida no vale nada, que no se acerque porque será cegada sin contemplación y por supuesto, sin juicio y sin condena. Porque la ley le pertenece también, a los que viven dentro del privilegiado santuario. ¿Qué más murallas que éstas?

Esos son los muros internos que no quieren ser vistos. Esos son los muros que evidencian las aberrantes diferencias económicas, políticas y sociales en América Latina. Por tanto es absurdo que empresarios, políticos y  privilegiados funcionarios públicos latinoamericanos, pródigos en recursos y desmanes, se “ rasguen las vestiduras” exigiendo impedir la construcción de muros entre Estados Unidos y México, porque “afectan la integridad humana de los inmigrantes y las relaciones entre los pueblos”. Ven la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga que poseen en los suyos. Si hoy millones de millones de latinoamericanos indigentes se ven obligados a abandonar sus países para cruzar las más dramáticas aventuras en una inmigración generalmente sin retorno, es debido a esos históricos muros que los “propietarios de nuestras naciones latinoamericanas” han levantado para preservar sus ilegales privilegios.

O sea, la inmmigración indocumentada como problema de  seguridad nacional para Estados Unidos, tiene su origen al interior de las enfermas estructuras sociales prevalecientes en la región.

Si se posee visión de largo plazo, deberá aceptarse que no es la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos la solución definitva, quizá pueda temporalmente llevar algun alivio al impedir con más éxito el paso de los indocumentados. La verdadera solución a la inmigración indocumentada radica en evitar que las condiciones injustas que se reproducen al interior de nuestros países persistan. Habrá que trabajar en mejorar el nivel de vida de todos los latinoamericanos, mejorando las economías a través de la democratización de las oportunidades y del capital, construyendo un empresariado responsable con sus obligaciones civiles y fiscales, estableciendo regímenes políticos democráticos verdaderamente justos, erradicando los nefastos vicios del politico tradicional latinoamericano, capaz de “vender el alma al diablo”, si esto le permite el arribo al poder.

Los problemas en  el continente hoy, son graves y sus consecuencias serán devastadoras. Tendremos que estar preparados para ello. Pero si no actuamos, si no comprendemos el problema  de la inmigración en toda su dimensión, este habrá de constituirse como el principio del final de todas las naciones que integran el continente, porque los corrimientos sociales producto de la inmigración forzada, conllevan a la confrontación y a la pérdida de controles civiles,así como la imposibilidad de planeamiento público en el otorgamiento de servicios básicos como educación, salud y transporte, entre otros.

Es penoso ver a los presidentes latinoamericanos vociferar con gestos compungidos, pidiendo al gobierno de Estados Unidos un “trato justo para los inmigrantes”, cuando ni idea poseen de lo que significa ser inmigrante, cuando ni idea poseen de la ofensiva realidad que ellos mismos han creado en sus propios países. América Latina debe corregirse desde adentro, desde el seno mismo en donde surgen las horrorosas muestras de la desigualdad, la indiferencia y también, la complicidad.

Manuel R. Villacorta O. es columnista independiente, colabora con varios periódicos de Estados Unidos y América Latina.

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