December 15, 2006

Comentario:

El Tema de Inmigración con mi Familia de Inmigrantes

Por Héctor M. Barajas
Secretario de Prensa del Partido Republicano de California

Cuando visité a mi familia en el Día de Acción de Gracias, gran parte de nuestra conversación en la cena se centró en el apoyo dramático que el gobernador Arnold Schwarzenegger recibió de la comunidad latina y el impacto que el nuevo Congreso demócrata electo tendrá en el tema de inmigración. Si la mayoría de mi familia cree que una reforma inmigratoria es posible, lo que me pareció más interesante fue que las opiniones sobre inmigración no eran necesariamente aquellas que expresan los grupos pro-inmigración.

Mis padres, como el resto de mi familia, inmigraron a este país sin documentos hace más de 35 años. Tienen cuatro hijos nacidos en este país, incluyendo uno que adoptaron hace diez años. Mi padre, un sindicalista que ha trabajado en la industria de productos alimenticios toda su vida, se convirtió en republicano el primer día que pisó este país. Mi madre, una ex costurera que ha dedicado sus últimos quince años a ser madre de crianza, es demócrata y se considera una votante de centro, pero sumamente conservadora en temas de familia y responsabilidad fiscal.

Mientras el debate inmigratorio dominaba los titulares este último año, como vocero del Partido Republicano de California yo me encontré otra vez enmedio de este debate.

Si bien algunos en mi familia hablaron de las historias personales de cruzar la frontera en busca de una vida mejor para ellos y sus familias, también mencionaron que la misma frontera ha permitido la entrada de pandillas y traficantes de drogas, y ha llevado a un deterioro de derechos humanos. Hubo historias de traficantes de drogas peleando por el control de pueblos fronterizos de Estados Unidos y México, y del dramático aumento de violencia en ambos lados de la frontera. Para estos inmigrantes, la porosidad de nuestra frontera no yacía sólo en temas laborales pero incluía una franca discusión sobre el delito que nuestra estructura fronteriza facilita.

Mi madre y mi tía (ex costureras) hablaban de los 71 trabajadores tailandeses que fueron liberados de una esclavitud virtual en una fábrica en El Monte, California, mientras que algunos de mis tíos, que siguen viviendo en barrios con mucho delito, hablaban de las pandillas internacionales, el delito organizado y varios grupos traficantes de drogas que han aumentado su poder en nuestro estado y la nación.

Para mi familia, no parecía haber un incentivo lógico para que el gobierno detenga la inmigración ilegal a Estados Unidos. Por medio de la exportación de más de 11 millones de sus ciudadanos, países como México han podido ignorar el llamado a un cambio social y económico. El prospecto de movilizaciones masivas para un cambio radical en México se topa con agencias gubernamentales mexicanas que ofrecen mapas con caminos a Estados Unidos.

El tema de la inmigración no tiene solución fácil y no es algo que se deba apresurar con el propósito de cumplir con la lista de “cosas para hacer”. Hace veinte años, el gobierno federal lidió con el tema de otorgar amnistía a 2.7 millones de personas. Este año estamos lidiando con un número cercano a 12 millones y a menos que encontremos una solución integral a este problema nos encontraremos con un número aún más grande, pero en menos tiempo.

Para muchos inmigrantes como mi familia, un plan de inmigración que sólo se concentre en amnistía total, fronteras abiertas y licencias de conducir seguirá perpetuando la explotación, violencia, tráfico humano y de drogas, supresión de salarios y la caída de servicios sociales para el ciudadano nativo y para los inmigrantes legales e ilegales actualmente en el país.

Si bien mi familia inmigró a este país hace más de 30 años, cada uno de ellos sigue sintiendo una tristeza interna al saber que miles de estos nuevos inmigrantes siguen siendo arrojados al desierto por un país que alguna vez todos llamaron su hogar.

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