August 25, 2006

Comentario:

Katrina, Un Infeliz Cumpleaños

Por Javier Sierra

Está pobre la piñata del primer cumpleaños del Huracán Katrina. Un año después de aquellos terribles días de finales de agosto y principios de septiembre de 2005, son pocos los dulces que nos encontramos en el inevitable recuento.

“Aquello fue un ambiente terrible de amargura y soledad”, recuerda Emma Prevost, una hondureña-americana de 82 años que escapó de Katrina “con el agua al cuello. Yo lo perdí todo. Sólo pude salvar a mis tres perritos. Y sólo la fe en Dios me salvó a mi”.

Después de siete meses de vivir con familiares y amigos en varios lugares del país, doña Emma regresó a Nueva Orleáns en marzo una vez que el gobierno federal le adjudicó una casa-remolque donde vive llena de incertidumbre sobre su futuro.

Sus dudas están justificadas. Muchas de esas casas-remolque tienen niveles elevados de formaldehído, un producto químico que puede causar dolores de cabeza, congestión en el pecho y hemorragias nasales.

“Quiero que se acabe esta aventura y mudarme a mi casa”, dice. “No sé si me va a llegar mi parte de la ayuda federal [para reconstruir]”.

La incertidumbre de doña Emma es el denominador común no sólo en Nueva Orleáns, sino en las zonas del Golfo de México que desolaron Katrina y Rita. Y esta incertidumbre es el fruto de la resistencia de las autoridades a aprender de los errores del pasado.

Un año después, los trabajadores latinos —la columna vertebral de las labores de limpieza y reconstrucción— siguen siendo especialmente vulnerables a la explotación laboral y las sustancias tóxicas que impregnaron el área tras la inundación.

Según un estudio de las universidades de Tulane y California at Berkeley, los trabajadores indocumentados —un gran porcentaje de la fuerza laboral de la zona— “laboran a menudo en condiciones peligrosas sin equipo protector y ganan mucho menos que sus contrapartes documentados”.

El estudio también develó que sólo un tercio de los indocumentados conocen los peligros de retirar asbesto y moho, dos sustancias altamente tóxicas, mientras que el 65% de los documentados sí comprenden estos riesgos.

Es injusta y dolorosa esta situación de ignorancia y abandono que sufren estos trabajadores, y los gobiernos locales, estatal y federal deberían ser mucho más expeditivos en aplicar la ley y prevenir estos abusos.

Otra lección que seguimos sin aprender es que destruir las zonas costeras naturales es como tirar piedras contra nuestro propio tejado. Los pantanales que hace décadas abundaban en la costa del Delta del Mississippi actuaban como una inmensa esponja contra las violentas mareas y vientos provocados por los huracanes.

Pero hoy decenas de miles de acres de estas barreras naturales han desaparecido, y uno de los principales culpables es un canal llamado el Mississippi River Gulf Outlet (MRGO). El Sierra Club llevaba décadas exigiendo que se abandonara esta desastrosa obra del Cuerpo de Ingenieros del Ejército.

Según los expertos, el canal, el cual une el Golfo con Nueva Orleáns, actuó como un embudo que multiplicó la velocidad y altura de la marea. Esto a su vez provocó la ruptura de los diques y la monstruosa inundación de la ciudad.

Finalmente el Cuerpo de Ingenieros vio la luz y recientemente accedió a la clausura del canal. Pero todavía quedan por restaurar decenas de miles de acres de pantanales que juegan un papel crucial como primera línea de defensa.

Las acciones irresponsables de la industria petrolera de la zona es otra de las asignaturas pendientes. Según estudios, Katrina y Rita destruyeron 113 plataformas petroleras y de gas, y dañaron 457 oleoductos y gasoductos. Un incidente especialmente infame fue el derrame de 1.05 millones de galones de crudo procedentes de un tanque de almacenamiento de la compañía Murphy Oil. El desastre, ocasionado por fallas de mantenimiento, impregnó de crudo más de una milla cuadrada de St. Bernard Parrish, al sur de Nueva Orleáns.

Es esencial que a la industria petrolera se le exija rendir cuentas y que ayude en la restauración de los pantanales costeros. Esta industria debe tener planes detallados de evacuación y retirar su infraestructura del paso de la tormenta cuando sea posible. Además, las instalaciones que no puedan evacuarse deben reforzarse para resistir tormentas de Categoría 5.

A sus 82 años, doña Emma —mientras limpia su jardín a golpe de machete— también parece tener una vitalidad de Categoría 5. Pero reconoce que su ciudad “no está lista para otro embate” y reza para que “las hermanas de Katrina nunca se pasen por aquí”.

Ese es nuestro deseo también en este infeliz cumpleaños.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club.

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