August 4, 2006

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Luisa Fernanda Montero

Vivir con epilepsia, Adriana Peralta, una sobreviviente que no se detiene ante nada

La última crisis de Adriana fue en octubre, vino como todas las demás, sin ningún anuncio, dejándola exhausta y perpleja por varios minutos; sus ojos idos, perdidos en la distancia parecen preguntar porqué mientras ella retorna poco a poco y vuelve a ser la mujer jovial y alegre que ha sido siempre, a pesar de haber vivido los últimos ocho años de su vida, con una condición que le ha quitado mucho y no le ha dado nada: la epilepsia.

“Después de una crisis queda uno incoherente, yo no me acuerdo de nada, no sé qué pasó, me siento completamente desorientada”, dice Adriana Peralta, una joven, madre y esposa que lucha día a día por salir adelante, por aprender algo nuevo, por construir los sueños que la atan a este mundo y la alejan de las depresiones que, a veces, a pesar de toda su fuerza y su positivismo, la alcanzan.

“Es muy difícil aceptarlo, yo no me puedo hacer a la idea, siempre me pregunto ¿por qué?, ¿de dónde salió ésto?” dice Adriana y suspira, porque recuerda que su vida es buena, que tiene un esposo que la adora y unos hijos por los que es capaz de volver a empezar una y otra vez.

“Mi mayor triunfo es ver a mis hijos, saber que están bien, mirarlos a ellos tan pequeñitos; recibir todo su cariño, sus abrazos, sus caricias hace que se me olvide todo en este mundo, que se me olvide incluso que estoy enferma”, afirma Adriana repitiéndose a si misma lo que se dice cada día, “tengo que aprender a vivir con esto, no puedo atolondrarme, todo tiene solución”.

Para Adriana el calvario comenzó poco después de casada, pasaron tres años antes de que tuviera el diagnóstico definitivo, y se piensa, o eso por lo menos es lo que le han dicho sus médicos, que un efecto secundario de una inyección anticonceptiva trastornó su sistema hormonal de tal forma que su cerebro se alteró, generando los ataques epilépticos.

“Los médicos no saben si mis crisis van a aumentar o a disminuir con la menopausia”, cuenta Adriana, quien a pesar de todo sigue adelante porque como ella dice, “!hay que echarle ganas!”.

Gracias a La Fundación para la Epilepsia con sede en Los Ángeles, Adriana descubrió que hay muchas personas con esta condición, de todas las edades, condiciones y razas; porque la epilepsia puede afectar a cualquier persona, en cualquier parte y en cualquier momento de su vida.

Sin embargo, la ignorancia y la incomprensión en torno a esta condición médica siguen haciendo más difícil cada día el tránsito de los más de 55 millones de seres humanos que la padecen en el mundo.

Adriana ha sido tildada de loca, posesa y drogadicta; incluso, hubo quien llegó a acusarla de “querer llamar la atención”, pero para ella, ese es otro reto, vencer los estereotipos, salir adelante y educar a la gente que esta llena de “fetiches”.

Y es que en torno a la epilepsia, se han tejido decenas de teorías, la  mayoría de ellas erróneas; la enfermedad ha sido relacionada con una serie de mitos que tienen su origen en la fuerza de los ataques que genera, pero lo cierto, es que  es una dolencia como cualquier otra.

La epilepsia es una enfermedad tratable, no contagiosa, que ocurre por una alteración momentánea del funcionamiento cerebral, debido a una descarga súbita de los impulsos eléctricos habituales en las células del cerebro y su misterio ha sido develado por la ciencia, lo que permite que un gran porcentaje de las personas que la sufren lleven una vida  normal, exitosa y tranquila, una vez que logran controlar sus crisis con el tratamiento apropiado.

Aunque parezca increíble, más de 3 millones y medio de hispanos en los Estados Unidos creen erróneamente que la epilepsia es el resultado de una posesión demoníaca  o un castigo divino inflingido a aquellos que carecen de fe o se han excedido en sus pecados.

“¿Es contagioso?” fue lo primero que quiso saber el supervisor de Adriana cuando ella le informó que sufría ataques epilépticos; pero lo peor vino cuando empeoraron las ausencias y debió olvidarse del volante, del trabajo y de su libertad.

“Lo único que le pido a Dios es que yo  no deje de saber que yo soy yo, a veces no se donde estoy, me he perdido dos veces, la primera vez iba a mi trabajo por la misma calle de todos los días, de repente no sabía a donde estaba, que estaba haciendo ahí, no conocía, volteaba a ver de un lado para otro pero no me acordaba de nada. Ese fue el último día que manejé y el último día que fui a trabajar”, cuenta Adriana

Desde entonces no hay un lugar seguro para ella, pero Adriana no pierde la esperanza, sabe que tarde o temprano encontrará la forma de controlar sus crisis definitivamente, para sentirse libre, para olvidar el agobio, para dejar de tener miedo.

“Quiero ver crecer a mis hijos, salir adelante, quiero seguir estudiando, prepararme, no quiero quedarme estancada, quiero valerme por mi misma, saber que lo puedo hacer y hacerlo”, sentencia Adriana, aunque sabe que no será fácil, porque cada vez su capacidad de retención es menor y porque cada vez le es más difícil concentrarse.

Cuando lo piensa, su voz se quiebra, pero ella respira con serenidad y el aire en sus pulmones, en su cerebro, le devuelve el optimismo y la fe que necesita para afirmar con certeza que va a terminar sus estudios pedagógicos, que  va a dedicar sus días al cuidado de los niños que tanto le gustan y que aunque sabe que su condición es grave, ella no se va a detener.

“¡Me río, me río de la vida para que la vida no se ría de mi!”, dice, y se ríe.

Para más información sobre la epilepsia llame a la Fundación para la Epilepsia al 1-866-748-8008.

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