April 14, 2006

Análisis:

Días de Guardar

por Dagoberto Márquez

Estimado lector, Fina lectora, la Semana Santa es la época del año durante la cual recordamos la pasión y la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Los días donde, por causas en verdad valiosas y muy importantes, lo que se había advertido habría de cumplirse para una mejor toma de conciencia así como para la redención de nuestros pecados. Cosas en verdad graves, sagradas y profundas, ajenas a nuestra ignorancia vil y mundana. Cosas santísimas, vinculadas a lo que tras aquellos sucesos se ligaría a nuestra fe así como a nuestras más importantes creencias. Un asunto ajeno al conocimiento desarrollado al parejo de las ciencias convencionales. Un asunto superior, sagrado, santísimo, donde la parte más importante es la espiritual, la que redunda en nuestra fe en el Altísimo. Un asunto que redunda en nuestra fe en Dios Todopoderoso, el creador de todo lo que conocemos y desconocemos, el creador de todos nosotros en el mundo, el padre de Nuestro Señor Jesucristo. Aquél que regaló y que envió a nuestros ancestros a su hijo unigénito, advirtiendo con ello de su gran amor por todos en el mundo aunque nuestros ancestros, ignorantemente, lo vituperaran y sacrificaran. Justo en días como los que ahora recordamos aunque a la distancia y con el inexorable paso del tiempo aquello tenga ya cerca de dos mil años.

La Semana Santa inició con el Domingo de Ramos, el día en que de acuerdo con lo que se explica y honra, Jesús entró a Jerusalén montado en un pollino. De acuerdo con lo que explica la tradición judeocristiana así como la Sagrada Biblia, aquellos eran tiempos difíciles, muy difíciles. Tiempos donde los romanos estaban posesionados de todo lo que hoy en día conocemos como Israel. Tiempos donde en la antigua Galilea reinaba el rey Herodes, un descendiente de árabes que despreciaba al Señor porque temía a su grandeza. De acuerdo con lo que se explica, Jesús curó a los enfermos, hizo que un ciego viera otra vez e incluso revivió a un muerto, a Lázaro. Eran tiempos difíciles, tiempos cruentos, tiempos donde la hipocresía y la maldad se cernían sobre los que después abrazarían la religión cristiana, la misma que después y que con el paso de los siglos se bifurcaría y conocería en diferentes regiones del mundo como la religión de Cristo Señor, llámese católica, romana, protestante, anglicana, mormona, evangélica o rusa ortodoxa, aunque para el caso sea la misma pues resulta que aunque con diferencia de matices, esta religión es la que nos legó Dios Todopoderoso a través de Jesús, de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro hermano mayor.

La Semana Santa culmina con el Domingo de Resurrección, el día donde frente a quienes pudieron verlo, Jesús se elevó hasta subir al cielo, después de haber resucitado. Cuenta la historia que cuando Magdalena fue a visitar la tumba, ésta estaba abierta, no obstante que en la entrada de la misma los romanos habían colocado una pesada pieza de roca labrada, observando que el cuerpo de Nuestro Señor ya no estaba, porque El Señor había resucitado. Fue al tercer día de que Jesús muriera en La Cruz, aquél Viernes Santo. De acuerdo a lo que se explica, de la pena que embargaba a sus deudos, todo pasó a la alegría, quedando claro que allí se había escenificado un milagro, uno más ligado a Jesucristo, al Creador, a Nuestro Padre, a Dios Todopoderoso.

Días de Guardar, Semana Santa. Días de luto y de dolor en que, en general así como en todo el mundo, aunque más especialmente en lo que con el tiempo llamaron occidente, recordamos año tras año la vida, la obra, la pasión, el sufrimiento, así como la injusta, cobarde y terrible crucifixión de Jesús, del Hijo de Dios, de aquél a quien ahora y siempre llamaremos y recordamos como Nuestro Señor Jesucristo.

Días de Guardar, días de recato, días de dolor y de sacrificio. Días de reflexión, propicios para recordar y por ende, días de descanso. Días especiales para nosotros aunque a la vez enigmáticos para quienes profesan otras religiones en el mundo dado que las mismas no cuentan con algo tan portentoso como la nuestra. Días de guardar, días complicados y difíciles mediante los cuales recordamos el tiempo donde a través de un grupo hipócrita se decidía por la vida de todos los judíos. Sí, de aquellos hombres y de aquellas mujeres que ahora son incluso gente incomprendida porque de acuerdo a lo que se conoce y ellos admiten, pecaron sacrificando a Jesús, aunque lo que hicieron sus ancestros pueda haber estado escrito previamente. Días de Guardar, días de remanso. Días propicios para la reflexión. Para la reflexión que tienda a perdonar, a perdonarnos unos a otros, a perdonar incluso a los judíos, a aquellos descendientes de los que hace cerca de dos mil años Jesús perdonó desde La Cruz cuando, a punto de morir e invocando a Nuestro Creador citó: “Señor... perdónalos porque no saben lo que hacen”...

Por extraño que parezca e incluso más allá del anacrónico escepticismo con el que de manera necia se manejan muchos, Jesús murió a los 33 (años) de edad hace cerca ya de dos mil años. Lo que se conoce de su vida está no solo escrito, sino recreado también a través de muchas cosas como lo son las historias comentadas, las series de televisión, los filmes y documentales analíticos e inclusive las películas. Al margen de la banalidad y de la irreverencia con la que mucha gente pretende ver todo esto, el asunto de la vida y de la muerte de Jesús, de Jesucristo, es más importante que la más importante y la más valiosa de las filosofías. Algo sagrado que en esencia está ligado a nuestro origen así como a nuestro espíritu. Algo más valioso que nuestra propia sangre incluso. Algo que tiene que ver con nuestro propio origen. La vida de Jesús se recrea en tiempos difíciles de la antigua Judea, en la época del César, de la vieja Roma. Allá en Medio Oriente. La vida de Jesús se recrea hace 20 siglos. Después de que aparecieran y de que vivieran los antiguos y verdaderos profetas. Después de que aquellos iluminados anunciaran que en el porvenir nacería un niño que sería el rey de los judíos. Después, mucho tiempo después de que los judíos en tiempos de Moisés fueran esclavos de los egipcios. Jesús fue hijo de dos hebreos. De José, un carpintero, así como de María Virgen.

Estimado lector, fina lectora, no desestimemos. No seamos necios. Lo que ahora y a través de la Semana Santa recordamos es en esencia un asunto santísimo, uno de difícil comprensión aunque muchos seres humanos nos neguemos a reconocerlo. Un asunto complicado, difícil de explicar aunque si nos adentramos en las Sagradas Escrituras pueda ser algo sencillo de entender porque las cosas están más que claras. Lo que ahora recordamos, si lo vemos más allá de nuestra banal frivolidad, es algo que sucedió porque tenía que suceder realmente. Algo que sucedió porque así estaba escrito, previamente. Algo que tenía que suceder para que nosotros, los humanos, supiéramos que Dios existe. Que está allí, cerca. Que no estamos solos en el mundo. Que la vida no es un juego y que por ello debemos respetarla, amarla incluso.

Algo que nos permite inferir que, más allá de la vida como la conocemos, existe otra, la otra vida, la vida eterna. La que viene después de la muerte de nuestro cuerpo. La que existe allá en el Lugar de la Luz, la que se gana a través de nuestros actos, de nuestro com-portamiento así como de nuestro esfuerzo. Algo que nos permite inferir que, nos guste o no, obliga a ser recatados, prudentes, limpios y juiciosos, en suma, buenas personas. Algo superior, muy superior a nuestra razón así como a nuestro simple y bien mundano entendimiento. Algo que obliga a tener en cuenta que la muerte no es sino la simple culminación de la vida (orgánica) de nuestro cuerpo, mas no la muerte de nuestra mente ni la de nuestro espíritu. No la de nuestro pensamiento. Algo superior, sagrado y valiosísimo que nos permite comprender que la vida eterna existe, aunque ésta solo pueda ser etérea. Algo difícil para nuestra comprensión, es cierto. Algo vital y en lo que tenemos que cavilar porque si no lo hacemos, menos lo comprenderemos. Algo importante, muy importante a lo que todos estamos más que obligados, no lo olvidemos.

Días de Guardar, días sagrados, santísimos. No se nos olvide.

Es todo.

Return to the Frontpage