April 7, 2006

LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para
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Por Ricardo J. Galarza

Entender a los peruanos

Mario Vargas Llosa sigue sin entender a los peruanos. Ahora los acusa de “ceguera política”, porque el candidato nacionalista Ollanta Humala, un teniente coronel retirado afín a las ideas de Hugo Chávez, ha pasado a encabezar las encuestas de cara a las elecciones presidenciales del 9 de abril en Perú.

Según los más recientes sondeos de las empresas Apoyo y CPI, Humala ha desplazado del primer lugar a la candidata de la derecha y pro libre mercado, Lourdes Flores. Sendas muestras dan cuenta de un 31 por ciento de las preferencias electorales para el militar en retiro; y un 28 por ciento, para Flores. 

Vargas Llosa, una vez más, culpa al pueblo peruano, igual que lo hiciera tras las elecciones del 90, cuando perdió a manos de un oscuro y desconocido candidato: Alberto Fujimori.

En ese entonces y desde España, el célebre escritor fustigó duramente la decisión leudada por los peruanos en las urnas y en 1993, adoptó la ciudadanía española.

Hoy se queja —y no del todo errado— de que la elección de Humala podría significar un retorno a la dictadura.

Pero no es sólo Vargas Llosa el que se muestra intrigado ante este repunte del candidato del Partido Nacionalista Unión por el Perú. Varios analistas dicen no entender el nuevo giro en las simpatías electorales peruanas.

El columnista del Miami Herald Andrés Oppenheimer, que en 1993 desafió todas las leyes de Cronos escribiendo “La hora final de Castro”, ahora habla de lo que él llama “la paradoja peruana”.

Oppenheimer, venerada pluma del neoliberalismo regional, se cuestiona cómo puede ser que “el candidato más radicalmente opuesto a la apertura económica” esté punteando en Perú, donde el gobierno del presidente Alejandro Toledo ha encabezado un sólido crecimiento económico.

La interrogante de Oppenheimer no requiere mayor elucidación: baste mencionar que uno de cada dos peruanos vive en la pobreza y que más de la mitad de la población económicamente activa se desempeña en la economía informal.

Obviamente, el sólido crecimiento que se desprende de los fríos números de Oppenheimer no está llegando a la mayoría de los peruanos. Y Toledo está cerrando su mandato presidencial con el índice de popularidad más bajo de la región.

La respuesta a la recurrente molestia de Vargas Llosa, en cambio, amerita una mayor profundización. Para entender el fenómeno peruano, es menester plantearlo en dos contextos paralelos: primero en el latinoamericano, tendiente a la izquierda por un desencanto con las políticas neoliberales dictadas por Washington y con las recetas del FMI.

En ese sentido, asistimos en la región, al entierro del llamado Consenso de Wa-shington. Pero si bien las políticas neoliberales son rechazadas por su fracaso para combatir la pobreza, el ele-mento más polarizador para la opinión pública latinoame-ricana ha sido el propio presidente norteamericano, George W. Bush, y sus desma-nes para con la comunidad internacional.

La imagen de Bush haciendo caso omiso de las resoluciones de la ONU para invadir Iraq en 2003, enajena de tal manera a la opinión pública en la región, que genera un rechazo natural a los candidatos apoyados por Washington en los distintos países y un efecto dominó de gobiernos de izquierda que acceden al poder con amplios mandatos populares.

Entre esos gobiernos de izquierda latinoamericanos, existen dos vertientes claramente definidas: una moderada, pragmática y menos combativa, representada en la figura del presidente de Brasil, Luiz Inacio “Lula” da Silva, y la presidenta chilena, Michelle Bachelet, y otra izquierda, de cuño más populista y acometedor, encarnada en la figura de Chávez. Es en esta segunda vertiente en la que se inscribe el perfil de Humala.

Ahora, ¿por qué Humala —un ex militar de pasado dudoso en materia de Derechos Humanos— para hacer frente a lo que muchos peruanos ven como la candidata de Washington (Flores), habiendo otros aspirantes de izquierda, como Susana Villarán y Javier Diez Canseco, con probadas credenciales de tal?

Las intenciones de voto para Villarán y Diez Canseco sumadas no llegan al 2 por ciento, mientras que el teniente coronel retirado acapara el 31 por ciento. Y es ahí donde entra el otro contexto en el que deben ser analizadas las preferencias de los peruanos: el vernáculo.

A los peruanos, aún les cuesta mucho disociar a la izquierda tradicional con un pasado de violencia brutal. De 1981 a 1992, convivieron con el terror de una organización de corte maoísta, el Sendero Luminoso (copia al carbónico del despiadado Khmer Rouge camboyano), que asoló el Perú, atacando a la población civil de la forma más cruel, asesinando, violando, decapitando y mutilando gente.

Los 11 años de terrorismo senderista dejaron un tendal de más de 70 mil muertos. Y el trauma vivido convirtió a la izquierda tradicional en el anatema para los votantes peruanos.

Por otra parte, Humala encarna también la figura del outsider, que tanta atracción ejerce sobre el imaginario peruano, que desde siempre ha sufrido una clase política que, salvo honrosas excepciones, ha sido profundamente corrupta y decadente. Es lo que el sociólogo y ensayista peruano Hugo Neira llama “el tejido despótico”, de la clase dirigente peruana, que se remonta a tiempos de la colonia.

Es a eso a lo que se refieren muchos peruanos cuando dicen que en el país “hace falta una mano dura”. Mano dura no con el pueblo, se refieren, sino con la corrupción estructural, que se ha salido de cauce para abarcar casi todos los órdenes de la vida social.

Esa frustración de los peruanos con los vicios y excesos de su clase política fue lo que encumbró en su momento a Fujimori y antes a Velasco Alvarado, un general nacionalista que encabezó una dictadura de izquierda entre 1968 y 1975, durante la que expropió los campos petroleros y lanzó una reforma agraria radical. Cualquier parecido con Humala es pura coincidencia.

En lo sustantivo, empero, cabe aclarar que la realidad de los peruanos será convulsa, pero su forma de vivirla y entenderla rechaza las visiones reductoras y simplistas —basadas en meros índices macroeconómicos— y los juicios lapidarios, como los que lisa y llanamente les diagnostican una supuesta ceguera política.

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